MOVIMIENTO BARRIAL: BARR(I)O EN LA TRADICIÓN DE MAURICIO SILVA CUIDAR LA VIDA DESDE ABAJO
MOVIMIENTO BARRIAL: BARR(I)O EN LA TRADICIÓN DE MAURICIO SILVA
CUIDAR LA VIDA DESDE ABAJO
Joaquín Testa - Francisco José Bosch
“Me acuerdo perfectamente cuando en Sol de Julio, en Santiago, nos vinieron a tirar abajo nuestra casa, porque decían que tenía la vinchuca, que en nuestro rancho podía haber una enfermedad”.
Ramona es la que toma la palabra en la ronda. Ya lejos de su natal Santiago del Estero (Argentina), vive hace más de dos décadas en la periferia urbana de Mar del Plata. Ella y su esposo Francisco, un albañil de toda la vida, migraron y crían su familia juntxs. La ronda la completan Murdo, Zaqui, Nestor, Yuli y Chichi, todxs del Barrio Las Heras, al sudeste de la ciudad apodada ‘La Feliz’. A juzgar por las carcajadas, algo de eso es cierto.
Anabela, Fede y Froi son los educadores ‘a cargo’. Acompañan a un grupo de vecinxs, peones y albañiles, en el paso del cemento al barro. Sol, Francisco y Joaquín hablan rápido y sobre cosas más organizativas, son tres militantes cristianos que acompañan el pro- ceso comunitario en el Santuario de Luján que los cobija: hace casi cincuenta años, en ese mismo lugar, Fray Antonio Piugjane oficiaba misa vigilado por Monseñor Plaza. Hoy una cuadrilla de trabajo está amasando barro para mejorar casas y merenderos, cultivando comu- nidad en silencio, ‘potenciando trabajo’ desde el Cuidado de la Casa Común, desde las manos descartadas, en tiempo de pandemia, donde las changas escasean y la necesidad aprieta.
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Estas páginas tienen un objetivo austero y parten de una experiencia concreta: ver el vínculo entre trabajo-tierra-organización, por medio de una política pública, en un territorio de la periferia. Ver al sujeto trabajador-a de la economía popular, en tensión y construcción, desde una experiencia concreta. Ver la potencia de la organización y sus límites en este tiempo histórico. Ver la articulación entre el clamor de la tierra y de lxs de abajo, en la biodiversidad urbana de un barrio de descartados en Mar del Plata.
PARTIR DE LA ESCUCHA DE LOS CLAMORES: LA CRISIS
Dos mil veinte, el año de la pandemia y un grupo de vecinos, con sus manos rechazadas, comienza un proceso en una comunidad de base del barrio. La organización Cuidadores de la Casa Común impulsa el camino con altas expectativas del programa ‘Potenciar Trabajo’. No hay changas. Todo se ha parado, no como una interrupción bendita, sino como una desesperante pausa que no permite resolver lo fundamental. Dos mil veinte, diez vecinos, una capilla y el caos creativo como motor. ¿Qué hacer en medio de esta crisis? Inventar un trabajo juntxs. Inventarlo desde lo que ya sabemos, pero aprendiendo algo nuevo. Inventar para vivir e intentar que suceda en comunidad.
Este proceso cobra vida en medio de una situación crítica respecto al trabajo en el mundo y la ciudad de Mar del Plata (Argen- tina) no escapa de ese contexto. Los últimos datos de desocupación disponibles al momento de la publicación (INDEC, 2020) arrojan la preocupante cifra de 13,1% de desocupados en la ciudad. La ciudad que se hace llamar feliz, la ciudad turística por excelencia de los argentinos y argentinas, siempre ocupa el podio en el registro de desocupación. Tiene la dolorosa marca de ser una de las ciudades con mayor desocupación del país. En esta oportunidad, la tercera detrás del Gran Córdoba y el Gran Buenos Aires. Los datos indican que, además, hay un 14% de la población ‘subocupada’. Detrás de esos datos, de cada uno de esos números, hay vidas, hay historias, hay personas que cada día atraviesan el umbral de sus hogares con la inclaudicable esperanza del porvenir.
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Un pintor de barcos. Un albañil. Dos peones. Una ama de casa. Una joven ceramista, un estudiante de arquitectura y maestro mayor de obra, un adulto mayor enamorado del barro. Una joven empleada sin registro en un supermercado del barrio. Un joven que busca. En el corazón de la crisis, su identidad: ¿somos trabajadores de la economía popular? ¿Recibimos un plan social? ¿Cómo cuidamos la diversidad de vida que habita el barrio? ¿Cómo mejoramos el hábitat? ¿Hay algu- na posibilidad de salvarnos en colectivo frente al desesperante gesto de supervivencia individual? ¿Hay chances de ser felices mientras cambiamos este mundo? ¿A quién le importa la espiga si no llega a las mesas el pan? ¿Seremos más hermanxs entre nosotrxs y con la tierra cuando podamos mirar este presente como pasado?
La crisis es el caos de preguntas que permite parir algo nuevo o desintegrarse. Por eso, desde un territorio específico, con un sabor local, una tradición de mística profunda y una organización de base, empezamos barrial: mingas de trabajo todos los sábados del año, jornadas de trabajo donde el barrio va reconociendo necesidades.
LAS HERAS
El barrio, ubicado al sudoeste de Mar del Plata ess el lugar que acoge el proceso. Una periferia urbana, de las más densamente pobladas de la ciudad y caracterizada históricamente por la pobreza urbana y la degradación ambiental. Donde la mayor parte de los habitantes tiene sus necesidades básicas insatisfechas y carece de los servicios públicos básicos o la presencia de los servicios es ineficiente. Con un altísimo nivel de vulneración de derechos y de violencia. Un barrio habitado por trabajadores y trabajadoras descartados, precarios, informales, que todos los días se las rebuscan para inventarse el trabajo.
El mismo barrio que es testigo de procesos de compromiso, organización y respuesta colectiva a las condiciones de miseria y precariedad urbana. El barrio donde caminó Fray Antonio Puigjané, fraile capuchino perseguido por el poder político. En el mismo barrio, se afincó hace cerca de 40 años la Hermana Marta Garaycochea, una laica consagrada de la Fraternidad de Foucauld, perseguida y exiliada en la oscura década de los setenta en Argentina, que hoy sostiene
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uno de los espacios más emblemáticos de promoción de derechos, educación y cultura en el barrio. El barrio donde muchos compañeros y compañeras cuidan y acompañan la vida de los vecinos y vecinas desde distintos espacios.
La Hermana Marta nos regaló la historia del sacerdote Mauricio Silva, perteneciente a la misma Fraternidad. Con orí- genes en una familia uruguaya, ladrillera y trabajadora, Mauricio se formó con los salesianos y se incorporó a la Fraternidad en la década de los años setenta para vivir una Iglesia sin privilegios y de contemplación de la vida de Nazaret. Primero en Fortín Olmos, un pequeño pueblo del chaco santafesino en Argentina, dondese adentró en la espiritualidad de Foucauldrealizando trabajos con la comunidad. Pasando por un proceso de formación en La Rioja, se integró más tarde al trabajo como barrendero en la Cuidad de Buenos Aires y acompañó la lucha desus compañeros barrenderos para alcanzar derechos colectivos en un sector que para aquel entonces formaba parte de lo que hoy definimos como economía popular. En Buenos Aires, vivió con Marta en la fraternidad mixta de la calle Malabia en el barrio de La Boca. Por su compromiso con los trabajadores sufrió la persecución de la dictadura geno- cida de la década de los años setenta en Argentina. Advertido de que tenía que irse, Mauricio vivió la vida como los compañeros que no tenían esa opción, los que no podía irse a ningún lugar, continuando su trabajo en el corralón deFloresta, hasta que un frío junio de 1977 fue secuestrado y desaparecido mientras barría la vereda en el cruce de las calles Cervantes y Terreros del barrio de Villa Mitre en Buenos Aires.
Frente a la crisis de hábitat, de comida en la mesa y de tra- bajo, proponemos cuidar la diversidad de la vida, desde el trabajo con las manos, desde el oficio de ser ‘artesanos de la construcción’, como Jesús de Nazaret, en sintonía con el compañero Mauricio Silva. Aún, contra las reminiscencias que nos trae Ramona, cuan- do el Estado provincial derribó su casita de barro por temor a la vinchuca. En esa tarea, estamos empeñados. Desde esa tarea, sentipensamos los derechos sagrados de techo-trabajo-tierra.
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UNA TRANSICIÓN POSIBLE: LA ARTICULACIÓN ENTRE TRABAJO
Y ECOLOGÍA
Revocar así es otra cosa. Zacarías grita y se ríe. Nestor también
tiene las manos llenas de barro. Un barro preparado hace quince
días, mezclado con jugo de tuna, para un revoque grueso exterior.
Ambos hacen changas de construcción, tienen menos de veinte
años. Ahora, están revocando una casa de barro, en su primera
experiencia de minga de bioconstrucción. Construir cuidando,
con la fuerza de la tribu y la potencia de lxs de abajo.
La cuestión ambiental, sin dudas, ha adquirido una inmensa trascendencia en las últimas décadas, en función de las invocaciones y las evidencias de la profundización de los procesos de deterioro ambiental. No pocas líneas se han escrito desde el norte y desde el sur sobre la insostenibilidad del sistema actual, los conflictos socioambientales que genera y las resisten- cias que se le oponen,1 y la necesidad de pensar e implementar transformaciones culturales, económicas, políticas, ecológicas y espirituales significativas. “La humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios en los estilos de vida, de producción y de consumo”, nos dice Francisco (2015) en Laudato Si’.
Efectivamente, la socialización de esta idea a través de la progresiva sensibilización de la opinión pública sobre la problemá- tica ambiental y la aparente toma de conciencia por los problemas ecológicos han implicado una mayor valorización y preocupación por los recursos naturales. Los problemas ambientales pasaron a ser cuestiones socioambientales, donde el foco pasó a estar en cómo manejarlos y no sólo en su medición, por lo que la preo- cupación con respecto al estado de la naturaleza fue derivando en una focalización hacia el ambiente (Castro, Hortensia, 2011). Esto significa que la atención pasaría a estar centrada sobre el entorno socionatural, su carácter complejo e interrelacionado.
1 Profusas investigaciones al respecto se han desarrollado desde distintos campos de estudio como la Economía Ecológica y la Ecología Política.
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En medio de esta crisis, se ponen en disputa distintos lenguajes de valoración de los territorios (Anguelovski, Isabel, y Martinez Alier, Joan, 2014): lógicas que contribuyen a la mer- cantilización de los territorios y que ven al ambiente como un recurso económico, que se enfrentan a otras lógicas alternativas que emergen con fuerza, conectadas con el cuidado, no solo de la naturaleza, sino de la vida en todas sus formas y dimensiones, donde el ambiente cobra sentido como ‘escenario de vida’. Así, las alternativas a este sistema devastador, van reclamando los derechos de las comunidades sobre sus territorios, sobre sus cos- tumbres, sobre sus instituciones y la autogestión de sus recursos productivos (Leff, 2005).
La crisis del trabajo planteada en el epígrafe anterior y la crisis de la tierra producto de las amenazas del sistema actual a la vida en toda su diversidad, nos interpelan a reinventar las formas de vincularnos con el mundo, reconstruir las lógicas de (co)creación, es decir, repensar el trabajo para cuidar la vida. El panorama, en apariencia desolador, nos invita a ‘sentipensar’ desde la tierra. La preocupación por el sostenimiento de la diversidad de la vida implica pensar en el anudamiento entre la cuestión ambiental y la cuestión social: el grito de los pobres y el grito de la tierra nos exigen buscar salidas articuladas:
En medio de estas complejidades, el Grupo de Trabajo de CLACSO ‘El futuro del trabajo y el cuidado de la casa común’ oficia de paraguas en esta propuesta, al proponer integrar los campos de trabajo y ecología asumiendo el desafío de pensar nuevas formas de trabajo y economía dignas, hacia una transi- ción ecológica que garantice tanto el futuro del trabajo como el cuidado de la Casa Común.
Allí aparece la necesidad de construir comunidad orga- nizada desde el trabajo compartido y la mesa compartida. Allí comenzó en 2020, en plena pandemia, a trabajar una cuadrilla de trabajo con el empuje de la organización ‘Cuidadores de la casa común’, la espiritualidad de Mauricio Silva y los hermanitxs del evangelio, y la herencia del barrio Las Heras:
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La principal motivación nace de la apuesta por superar la cultura del descarte desde los propios “descartados y descar- tadas” reconociendo, como lo señala el Papa Francisco, la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta y la convicción de que en el mundo todo está conectado.
La Encíclica hace explícito el llamado a “un desafío urgente de CUIDAR nuestra casa común”, lo que incluye: “unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral” (LS n. 13), bases de una Economía Social y Solidaria (Cuidadores de la Casa Común, 2017, p.5).
Este marco abre la puerta de entrada al Movimiento Barrial: inven- tarnos un trabajo, como tantxscompañerxs que desde las periferias olvidadas se las rebuscan para hacer frente a un sistema que los excluye. Un trabajo que, a la vez, se hace eco del grito de la tierra y propone recuperar del olvido la cultura del barro y la paja y la potencia de las mingas como instrumento de transformación de los territorios y de los vínculos.
La denominada transición ecológica no es el objeto de nuestra reflexión, sino el sujeto que la está llevando a cabo, un su- jeto en metamorfosis, el sujeto trabajador. En Argentina, fruto del esfuerzo de unidad para enfrentar al neoliberalismo recargado del Macrismo, se consolidaron ‘Los Cayetanos’: movimientos populares, que reconocen al sujeto trabajador descartado, que emerge desde la basura para crear, para sobrevivir. Esa identidad colectiva en torno al trabajo y no en torno a su ausencia, es la potencia que reconoce Francisco desde Roma y como líder mundial, y que nosotros vivimos en nuestro trabajo territorial. Allí, no bastan las afirmaciones del Papa para que la conciencia de ser trabajador-a de la economía popular se consolide. Es un camino complejo, de autoestima popu- lar, de confianza en los propios saberes, de valoración de la fuerza creativa que sostiene la vida de lxs de abajo.
Los problemas y desafíos de la construcción de esa concien- cia obrera son enormes. Vivimos en el día a día, en el desarrollo del programa ‘Potenciar Trabajo’. Y es una complejidad que se viene
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pensando hace tiempo dentro de la UTEP (Unión de Trabajadores-as de la Economía Popular), y que se refleja con claridad en su material de formación:
¿Somos informales? Sí, pero esa es una idea engañosa. Parece un problema de “formas” cuando en realidad es de contenidos. Si estuviéramos registrados, pero en las mismas condiciones, nada cambiaría más que en las esta- dísticas. Además tenemos que distinguir a los trabajadores no registrados que laburan en una empresa privada, donde el patrón no los pone en blanco (eso es trabajo en negro), de los que trabajamos en unidades económicas popula- res, esas que andan en chancletas, que ni siquiera están registradas como empresas. ¿Somos precarizados? Sí, pero además si siguen así las cosas estamos condenados a serlo para siempre, porque no es lo mismo una empresa privada donde el patrón terceriza, flexibiliza o trampea (eso es fraude laboral) que una unidad económica popular que no puede darle a sus trabajadores plenos derechos laborales porque si no se funde. ¡¡¡Y el Estado ni siquiera reconoce nuestros sindicatos!!! ¿Somos autónomos? A veces directamente no, porque en muchas unidades econó- micas populares puede que también trabajemos para otro como empleados, peones o ayudantes. Pero aun cuando trabajemos totalmente por cuenta propia igual somos dependientes del mercado y de la economía en general para vivir. ¿Somos improductivos? Definitivamente no, porque producimos nuestra vida, nuestro trabajo, nuestra dignidad. Sin embargo, es cierto que como no tenemos capital somos infraproductivos o deficitarios desde el punto de vista económico. Es decir, nuestras actividades no dan ganancias suficientes como para comprar nuevas máquinas o progresar, a lo sumo alcanzan para el pan de cada día, y con mucha suerte, para ahorrar. Nuestro trabajo es de subsistencia. En definitiva, somos informales, precarios,
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externalizados y de subsistencia. Somos trabajadores exclui- dos de los derechos y de las instituciones, nadie se res- ponsabiliza por nosotros y nuestras unidades económicas no pueden garantizarnos condiciones dignas y estables de trabajo (Grabois, Juan, y Pérsico, Emilio, 2017, p.31).
Una imagen se presenta como parábola cotidiana de la transición: cada semana de trabajo, el guiso del mediodía se hace al fuego. En la olla se echan las verduras que cada uno trajo, para comer juntxs. En esa hora de descanso, nos reimos, nos contamos y nos re-conocemos. En NuestrAmérica, donde el sueño de la mesa compartida llegó de la mano de la espada y la cruz, estamos construyendo desde la olla y la pala, esa utopía en ronda. Muy de a poco, muy desde nuestros sabores.
LA FRAGILIDAD DE NUESTRA POTENCIA: LA POLÍTICA PÚBLICA EN
LA TENSIÓN DE LO REAL
“Este sábado trabajo, no voy a poder ir a Barrial”. Yuly es quien escribe
el mensaje de texto para informar al resto del equipo. Ella es empleada
‘en negro’ en unsupermercado mayorista del barrio. Nunca se animó a
pedir un día, dice que la podrían echar. Ella no duda en contraponer
su trabajo, con el grupo donde hacemos barro. En su moreno rostro,
no se disimula la diferencia entre un plan y un laburo. Ella nos abre
todo un camino de búsqueda, en medio de esta noche.
‘Potenciar Trabajo’ es el programa de trabajo más reciente implementado por el gobierno argentino. En él se unifican los programas anteriores (Hacemos Futuro y Salario Social Comple- mentario) y se configura como la principal política destinada al trabajo en el marco de la salida de la pandemia, que transforma la lógica de la asistencia social de los programas previos, enfatizando en la creación de trabajo (y la terminalidad educativa). Según la Resolución 121/2020 del Ministerio de Desarrollo Social de la Naci- ón, las personas que se constituyan en titulares del programa deben participar de alguna de las tres líneas de actividades previstas: proyectos socio-productivos, terminalidad educativa, proyectos sociolaborales o socio-comunitarios (MDS, 2020).
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La normativa plantea que es necesaria la integración en un Grupo de Trabajo y reconoce como actividades: las tareas de cuidados y servicios socio-comunitarios, el reciclado y servicios ambientales, la construcción, infraestructura social y mejoramiento barrial y habita- cional, la agricultura familiar y producción de alimentos, la producci- ón de indumentaria y otras manufacturas y el comercio popular.
Como ‘Yuly’, lxsotrxscompañerxs de Barrial, también antepo- nen su idea de ‘trabajo’ a lo que sucede los sábados en el Santuario de Luján. Aún cuando el documento de convocatoria difundido en la reunión inaugural definió al proceso como un ‘espacio de trabajo’. Es claro: nadie puede garantizar las condiciones mínimas de subsisten- cia con el 50% de un Salario Mínimo Vital y Móvil (en la Argentina el monto del salario mínimo a marzo de 2021 está establecido en $21.600 según la Resolución 4/2020 del Consejo Nacional del Em- pleo, la Productividad y el Salario Mínimo, Vital y Móvil; lo que equivale a decir que el programa paga, a cambio del trabajo, menos de dos dólares por día).
Está claro que para ellxs, este ingreso no es más que un complemento que ayuda a ‘parar la olla’ en sus casas, pero que no es ni puede ser el único. Esto coloca en tensión continuamente el ‘pro- grama-de-trabajo’ con el ‘trabajo-de-verdad’. Se atora la transición y las posibilidades de transitar colectivamente este camino, porque las necesidades aprietan en lo cotidiano y la identidad fragmentada de lxsdescartadxs, no logra transirse en un proceso que consolide ese nuevo rostro.
Allí estamos, sin embargo, siendo testigos cada semana de la potencia de la pala. Una fuerza impresionante que nos permite mover ocho metros cubicos de greda en unas cuantas horas, cavar un pozo de dos metros de profundidad en la jornada, levantar varias hiladas de adobes a plomo y revocar con buena terminación en barro.
Allí estamos, compartiendo con una olla al centro, donde cada semana se mezclan las verduras que supimos conseguir, y que alimentan nuestro cuerpo cansado. Allí llegan las historias de generaciones de trabajadores, transmisión intergeneracional de sabidurías que se esconden en esos cuerpos.
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Allí estamos, celebrando la fe que no han logrado arrebatar- nos todavía, en el Dios que nos mantiene vivos y nos levanta cada mañana. Junto a la reserva de espiritualidad de nuestro pueblo, en nuestros barrios populares.
Una olla con guiso hace burbujas. Debajo, el fuego de unos leños, recogidos del baldío aledaño. En el baldío unos cuantos ca- ballos regalan bosta fresca. La bosta seca se desmembra dentro de la cancha donde se hace la mezcla para los adobes. Las patas de Murdo, Zaqui, Nestor, Yuli, Chichi. Ramona, Fran, Ana, Fede, Froi, Sol y Joaquín juegan con el barro. Algunos ríen, otros caminan en silencio. El frío del invierno marplatense está lejos por el momento. Quizás por eso, hay tiempo para empezar a levantar las paredes del Merendero ‘Maria de Nazaret’ en el asentamiento del barrio. Allí, una olla también prepara guiso para lxspibxs del barrio.
BIBLIOGRAFÍA
Anguelovski, Isabel y Martínez Alier, Joan (2014), “The ‘Environmen- talism of the Poor’ revisited: territory and place in disconnected glocal struggles” enEcological Economics, N° 102, 167-176.
Castro, Hortensia (2011), “Naturaleza y ambiente. Significa- dos en contexto”, en Raquel Gurevich (comp.), Ambiente y educación. Una apuesta al futuro, Editorial Paidos, Buenos Aires, 43-74.
Cuidadores de la casa común (2017), “Manual de formación de Cuidadores de la Casa Común”, Buenos Aires.
Francisco (2015), Carta Encíclica Laudato Si’. Sobre el Cuidado de la Casa Común.
Grabois, Juan y Emilio Pérsico (2017), Trabajo y organización en la economía popular, 3era edición, Asociación Civil de los Traba- jadores de la Economía Popular, Buenos Aires.
INDEC (2020), Mercado de trabajo. Tasas e indicadores so- cioeconómicos (EPH) Tercer trimestre de 2020. Instituto Nacional de Estadística y Censos, Informes técnicos, Vol. 4, N° 231.
Leff, Enrique (2005), Espacio, lugar y tiempo: la reapro- piación social de la naturaleza y la construcción local de la racionalidad ambiental.
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Resolución 4/2020, Consejo Nacional del Empleo, la Produc- tividad y el Salario Mínimo, Vital y Móvil, Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social de la Nación, Argentina.
Resolución 121/2020, Programa Nacional de Inclusión Socio- productiva y Desarrollo Local - “Potenciar Trabajo”, Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, Argentina.
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