LA “TRAMA INTERNA” DE EVANGELII GAUDIUM ENSAYO SOBRE LA FUERZA DE LA ESPIRITUALIDAD EVANGELIZADORA
The "Inner Plot" of Evangelii Gaudium - An Essay on the Strenght of Evangelical Spirituality
Virginia R. Azcuy *
RESUMEN: Este artículo intenta auscultar el entramado de una espiritualidad evangelizadora en el texto de Evangelii gaudium. La reflexión se estructura siguiendo la lectura de algunos ejes principales de los capítulos I, III y V de la exhortación apostólica, dedicados a “la transformación misionera de la Iglesia”, “el anuncio del Evangelio” y los “evangelizadores con espíritu”, respectivamente. Las influencias de Evangelii nuntiandi y la V Conferencia de Aparecida en la exhortación son notables, aunque no menos importante resulta el peculiar carisma espiritual del papa Francisco; en este horizonte, se sitúa el programa de reforma que él nos presenta en el primer capítulo y en el conjunto del texto. Los capítulos III y V, en sus temas principales, ofrecen el marco para pensar la evangelización y la espiritualidad en relación; otros dos temas parecen prioritarios para completar una aproximación fundamental al documento: la “mundanidad espiritual”, como una de las mayores tentaciones mencionadas en el capítulo II y “el lugar privilegiado de los pobres en el Pueblo de Dios”, considerado en el capítulo IV. Así, la “trama interna” de la exhortación, que puede resumirse en la alegría de evangelizar, se va desplegando en las claves de la transformación misionera, la comunidad evangelizadora, el cultivo de la contemplación y el estilo materno-mariano de la acción eclesial.
PALABRAS CLAVE: Evangelii gaudium, Espiritualidad, Evangelización con espíritu, Reforma, Misión.
* Professora pesquisadora do Centro Teológico Manuel Larraín, Universidade Católica do Chile. Artigo submetido a avaliação em 04.11.2014 e aprovado para publicação em 18.11.2014.
ABSTRACT: This article seeks to perceive the framework of an evangelizing spiri- tuality in the text of Evangelii Gaudium. This reflection is structured according to an interpretation of the principal points of chapters I, III and V of the apostolic exhortation, chapters respectively titled “The Church ́s Missionary Transformation,” “The Proclamation of the Gospel” and “Spirit-Filled Evangelizers.” The influences of Evangelii nuntiandi and the V Conference of Aparecida in the exhortation are notable, although no less notable is the particular charisma of Pope Francis; it is in this horizon that the program for reform is located which the Pope presents in the first chapter and in the rest of the text. Chapters III and V, in their principal themes, offer a frame for thinking of the relationship between evangelization and spirituality; two more significant topics that are important to complete a study of the document are the “spiritual worldliness” that is presented as one of the great temptations mentioned in Chapter II and “the special place of the poor in God ́s people” treated in Chapter IV. Thus, the “internal plot” of the exhortation, which can be summarized in the phrase “the joy of evangelizing”, is revealed in the keys of missionary transformation, the evangelizing community, the cultivation of contemplation, and a Marian-maternal style of ecclesial action.
KEywORDS: Evangelii Gaudium, Spirituality, Evangelization in the Spirit, Reform, Mission.
Introdución
Como señala Antonio Spadaro, “para el papa Francisco, hay algo absolutamente claro: la Iglesia está llamada a anunciar la alegría del Evangelio, en correspondencia con su naturaleza misionera” (Spadaro, 2014, p. 19). Esta perspectiva invita a iniciar la reflexión con una introducción sobre las fuentes principales de Evangelii gaudium en relación con Evangelii nuntiandiy la Conferencia de Aparecida; a ellas hay que añadir algunas consideraciones sobre el carisma espiritual de Francisco, verdadera fuente de sus palabras y sus gestos.Una presentación completa de la exhortación y de los aspectos espirituales contenidos en ella excede las posibilidades de este texto. Por esta razón me concentraré en algunos temas de los capítulos I, III y V, referidos a “la transformación misionera de la Iglesia”, “el anuncio del Evangelio” y los “evangelizadores con espíritu” respectivamente, junto con dos cuestiones insoslayables de los capítulos II y IV: la “mundanidad espiritual” y el “lugar privilegiado de los pobres”. La perspectiva disciplinar de mi aproximación es la teología espiritual, pero me inspiro también en una búsqueda de unidad entre teología, espiritualidad y pastoral, cuya reflexión ya he iniciado anteriormente (AZCUY, 2014b, p. 76). La exhortación apostólica Evangelii gaudium manifiesta la fuerza de una “trama interna” que permite integrar, entre otras, las dimensiones de la reforma misionera, el sujeto evangelizador, la actitud contemplativa y la dimensión mariana de la evangelización.
1 Algunas claves fundamentales de la espiritualidad en Evangelii Gaudium
El entramado entre evangelización y espiritualidad encuentra sus raíces contextuales en el tiempo posconciliar, de un modo particular en la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi y su recepción latinoamericana. En la enseñanza de Pablo VI, resalta la invitación a reconocer al Espíritu como principal agente de la evangelización: “él es quien impulsa a cada uno a anunciar el Evangelio y quien en lo hondo de las conciencias hace aceptar y comprender la Palabra de la salvación” (cf. EN 75h). Los obispos de América Latina y el Caribe asumieron esta orientación a partir de la Conferencia de Puebla, pero recién tres décadas después, en la reunión de Aparecida, la profundizaron desarrollando una propuesta de espiritualidad misionera. Otros testimonios y experiencias de la Iglesia de Buenos Aires muestran cómo esta inspiración misionera ya se encontraba en marcha en diversas iglesias particulares (AZCUY; CERVANTES, 2014a, p. 35ss).
Junto al influjo de estos textos claves y de otros documentos del magisterio de las últimas décadas como la Gaudete in Domino y la Conferencia de Puebla (Spadaro, 2014, p. 20), se debe añadir el espíritu de jesuita y pastor que anima al actual obispo de Roma. El carisma de Francisco, que hunde sus raíces en la espiritualidad ignaciana, se enriquece de una gracia singular recibida junto con su vocación. Cabe recordar que el lema del papa Francisco es miserando atque eligendo, tomado de las homilías de San Beda, el Venerable; Spadaro también señala la vinculación de esta clave vocacional del papa con la imagen del Dios glorioso en su misericordia propia de los Ejercicios Espirituales (SPADARO, 2013, p. 144). El programa de Francisco se entiende como el de quien ha sido mirado con misericordia y percibe su necesidad en nuestro tiempo: “lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercañía, proximidad” (FRANCISCO, 2013, p. 16). En toda la Evangelii gaudium se destaca la práctica de la misericordia y la ternura como fruto de la contemplación: “Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás” (EG 270). El desafío está en la integración de contemplación y acción (ZAMBONI, 2014, p. 41).
1.1 Exhortación a la dulce y confortadora alegría de evangelizar
El tono espiritual de la alegría atraviesa la Evangelii gaudium. Esta exhortación puede entenderse, precisamente, como invitación a renovar el fervor espiritual del anuncio y en este sentido como una clara actualización de la Evangelii nuntiandi. La inclusión de una extensa cita de Pablo VI al final del Documento de Aparecida, que pide conservar la dulce y confortadora alegría de evangelizar (cf. EN 80g; DA 552), revela sin lugar a dudas la relación entre Aparecida y la exhortación de Francisco en el tema de la alegría (cf. EG 10). Me parece importante señalar que la afirmación de Pablo VI se encuentra en el capítulo VII, sobre “El espíritu de la evangelización” (cf. EN 74-80); de este modo, la alegría de evangelizar podría resumir la espiritualidad evangelizadora, esta dulce y consoladora alegría es el alma de la evangelización.
En la introducción a Evangelii gaudium, se habla de la alegría de la salvación, del encuentro con Jesucristo y su misericordia: “nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable” (EG 3). De forma muy bella, ya en Aparecida los obispos expresaban que lo que define al discípulo es el amor recibido y que el reto está en comunicarlo por desborde con gratitud y alegría (cf. DA 14; 549). ¿Cómo se da esta alegría? “Cuando crece la conciencia de pertenencia a Cristo, en razón de la gratitud y la alegría que produce, crece también el ímpetu de comunicar a todos el don de ese encuentro” (DA 145). Por eso, la exhortación a la alegría es una invitación a renovar la amistad con Cristo: “invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo” (EG 3). La alegría de evangelizar se aprende del amor de Jesús; el amor de Cristo funda y renueva la alegría del anuncio (cf. EG 264).
1.2 Una espiritualidad integradora impulsada por el Concilio Vaticano II
La renovación de la Iglesia y la teología en el siglo XX han impulsado diferentes caminos de integración entre teología y espiritualidad, contemplación y acción, teología y praxis, fe y justicia, comunidad y misión, entre otros. “Teología y santidad” ha sido el paradigma de retorno a la unidad que ha marcado en el siglo XX (BALTHASAR, 1965, p. 235-268). “Teología y pastoral” o “teología y praxis”, bajo el impulso de Gaudium et spes, fue sobre todo un binomio distintivo en su recepción latinoamericana, tras las huellas de Populorum progressio y Evangelii nuntiandi. Ciertamente que el acontecimiento del Vaticano II, enriquecido por los movimientos de “vuelta a las fuentes”, contribuyó a una plasmar esta visión de unidad (AZCUY, 2011b, p. 257). Enla reflexión postconciliar, el desafío emergente consistió en entramar las dimensiones; se fue abriendo paso una búsqueda de unidad y una pasión integradora, capaz de reconciliar sin polarizar un énfasis particular en lo pastoral y también en lo espiritual. Fue en una lec- tura retrospectiva que Lucio Gera, uno de los grandes teólogos argentinos de este último tiempo, nos recordó la necesidad de una integración entre teología, espiritualidad y pastoral como tarea insoslayable (GERA, 1999). En la teología argentina, la espiritualidad fue buscando su florecimiento en la pastoral y la pastoral reconociendo su enraizamiento en la vida espiritual (AZCUY; GALLI, 2005). Una mirada a la evolución posconciliar latinoamericana, permite considerar la creciente importancia que ha ido tomando la espiritualidad en la vida eclesial y pastoral, sobre todo de un modo más integrado a partir de la V Conferencia de Aparecida. El logro de Aparecida, en parte anticipado en la teología y el magisterio argentino (cf. GALLI, 2014, p. 23-59), fue evitar una concepción dialéctica, subjetivista o desintegradora de la vida espiritual y proponer una visión integradora:
Cada vez fue tomando más fuerza la preocupación por no separar el discipulado de la misión. La inquietud por unirlos estrechamente terminó provocando un uso generalizado de la expresión «discípulos misioneros». La voluntad de integración que triunfó en Aparecida, aparece expresada a lo largo de todo el documento, proponiendo una espiritualidad que no se reduzca a los espacios privados de oración sino que impregne toda la existencia personal y comunitaria (FERNÁNDEZ, 2013, 121).
En este caso, la perspectiva de integración ha sido marcada por el binomio espiritualidad y misión o “discipulado misionero” (FERNÁNDEZ; GALLI, 2006, p. 88ss). “La voluntad de integración que triunfó en Aparecida, aparece expresada a lo largo de todo el documento, proponiendo una espiritualidad que no se reduzca a los espacios privados de oración sino que impregne toda la existencia personal y comunitaria” (FERNÁNDEZ, 2013, p. 121). Se trata, sin duda, de una orientación que necesita seguir tomando cuerpo en nuestras iglesias, desafiadas por una “conversión pastoral” que exige hondura espiritual (cf. DA 365ss; EG 19ss).
1.3 El carisma ignaciano o “la contemplación en la acción”
Francisco es un jesuita, una persona de carisma; pienso que lo que escribe y actúa, se nutre de esta peculiar vocación. En su conversación con Antonio Spadaro, él lo expresa en relación con lo contemplativo:
Esto es lo que empuja a la Compañía a estar en búsqueda, a ser creativa, generosa; por eso hoy más que nunca ha de ser contemplativa en la acción (...) – y agrega – se necesita una actitud contemplativa: es el sentimiento del que va por el camino bueno de la comprensión y del afecto frente a las cosas y las situaciones; señales de que estamos en ese buen camino son la paz profunda, la consolación espiritual, el amor a Dios y de todas las cosas en Dios (FRANCISCO, 2013, p. 11.23).
A mi modo de ver, la Evangelii gaudium contiene la inspiración del carisma ignaciano, lo cual contribuye a enraizar la contemplación en la acción. Cuando Antonio Spadaro le pregunta a Francisco qué figuras de jesuitas lo han impresionado de modo especial, aparece el nombre del beato Pedro Fabro (1506-1546) que fue uno de los primeros compañeros de san Ignacio. Resulta interesante la descripción que de él se recoge en la elaboración de su entrevista:
Michel de Certeau define a Fabro sencillamente como el «sacerdote reformado» para quien experiencia interior, expresión dogmática y reforma estructural eran realidades estrechamente inseparables. Me parece entender, por eso, – agrega Spadaro – que el papa Francisco se inspira en este tipo de reforma (FRAN- CISCO, 2013, p. 12)
Esta admiración de Francisco por Fabro parece expresar algo que para él mismo resulta inspirador (FERNáNDEZ, 2014, p. 68). Estas realidades imbricadas: la interior, la dogmática y la estructural, me llevan a pensar nuevamente en una “trama interior” que anima el pensar de Francisco. Me parece percibir que de lo que se trata en la vida espiritual es del camino de la integración: la experiencia del Espíritu une, reconcilia, articula. Y eso se da tanto en la espiritualidad personal como en la comunitaria y social, entre los carismas y las culturas.
2 Transformación misionera de la Iglesia y la predicación
El capítulo I de Evangelii gaudium, “La transformación misionera de la Iglesia” (EG 19-49),da el tono del programa de Francisco (GALLI, 2014, p. 23-59). La propuesta de reforma está animada por la fuerza de la misión y brota de ella como una exigencia fundamental. En la V Conferencia de Aparecida, esta realidad necesitada de renovación se expresa con la fórmula “conversión pastoral” (DA 366, 370); en la exhortación apostólica, el tema está muy presente aunque se recrea de diversas maneras: la reforma esperada afecta tanto a la Iglesia como a la predicación, por tratarse de una mediación institucional privilegiada al servicio del anuncio del Evangelio. Junto a la necesidad de renovación de la parroquia, Francisco no vacila en afirmar la importancia indispensable de revisar la homilía y su preparación (cf. EG 28, 43).
La transformación misionera exige afrontar“ la crisis del compromiso comunitario”, tal es el tema del segundo capítulo de Evangelii gaudium; Francisco ofrece “un discernimiento evangélico” e invita a proseguirlo en las comunidades (cf. EG 50, 51, 108). En relación directa con la transformación esperada, reviste particular interés la “mundanidad espiritual” (EG 93ss), por cuanto ella, oculta tras apariencias religiosas, busca el propio interés que encierra e impide la salida hacia los otros. En cambio, la dimensión extrovertida de la Iglesia busca “salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (EG 20). Una Iglesia en salida también necesita plantearse su conversión y reforma en relación con la dimensión social del Evangelio, como se presenta en el capítulo IV de la exhortación. La opción preferencial por los pobres y los sobrantes, en la cultura del descarte, constituye una perspectiva fundamental para orientar la renovación de la Iglesia (cf. EG 193-196).
2.1 La Iglesia en salida para anunciar la misericordia
La “salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia” (EG 15). Con estas palabras en la introducción y el conjunto de temas presentados en el capítulo I de la Evangelii gaudium, se evoca una temática muy típica de Aparecida que es la “conversión pastoral” (cf. DA 365ss). Así lo confirma, de algún modo,el empleo de una fórmula semejante en el primer capítulo: “pastoral en conversión” (EG 25-26). Si la conversión pastoral invita a superar las estructuras caducas para someter todo a la misión, también la pastoral en conversión pone el acento en “una conversión pastoral y misionera que no puede dejar las cosas como están” (EG 25). Por eso, en el discernimiento planteado por el capítulo II, se habla del desafío de una espiritualidad misionera que no se confunda con una religiosidad vivida de forma individualista, sin identidad ni entusiasmo religioso y de la necesidad de rechazar las tentaciones más frecuentes en estos tiempos que frenan y minan – a veces sutilmente – el dinamismo evangelizador (cf. EG 78).
La transformación de la Iglesia se presenta, así, como una exigencia de la misión. Lo peculiar de esta misión es volver a lo fundamental del anuncio y, para ello, se plantea la necesidad de aplicar el principio de la “jerarquía de verdades” propuesto por el Concilio Vaticano II (cf. UR 11). ¿Por qué es necesario el aporte de este principio? Sin lugar a dudas, está a favor del primer anuncio o kerigma, cuya centralidad resulta una pieza clave en el programa de reforma de Francisco. En este punto, se observa el aporte de la teología para establecer el criterio de lo prioritario: si bien se asume el cuerpo de las verdades de la fe, se subraya la conveniencia de respetar la belleza fundamental del anuncio del Evangelio: la belleza pascual de Jesucristo y su salvación para la humanidad (cf. EG 36). En este contexto, siguiendo la enseñanza de la tradición, la misericordia se expresa como el núcleo fundamental de la fe (cf. EG 37ss).
2.2 La mundanidad espiritual o la autorreferencialidad
En la Evangelii gaudium se reconoce claramente “la tarea de todos los que trabajan en la Iglesia” y que “el aporte de la Iglesia en el mundo actual es enorme” (EG 76). Sin embargo, en el capítulo II se apunta a un discernimiento que detalla los diversos desafíos culturales y eclesiales y, en este contexto, se hace un planteo de las tentaciones más frecuentes. Dada su importancia, quiero profundizar en la “mundanidad espiritual” (FERNÁNDEZ, 2014, p. 18-19), que representa un contraparadigma: si la salida misionera presenta a la Iglesia como “una madre de corazón abierto” (EG 46ss), la mundanidad espiritual la vuelve elitista, narcisista y autoritaria (cf. 94). Esta mundanidad, explicitada también muchas veces como autor- referencialidad, se da de dos maneras emparentadas: la fascinación del gnosticismo que lleva al subjetivismo y el neopelagianismo autorreferencial que hace confiar sólo en las propias fuerzas y en la seguridad doctrinal o disciplinaria (cf. GIUDICE, 2011, p. 227-250). El papa Francisco ofrece, además, un criterio de discernimiento práctico para examinar estas formas desvirtuadas de cristianismo: “en los dos casos, ni Jesucristo ni los demás interesan verdaderamente” (EG 94). El llamado de conversión apunta, de
este modo, a revisar la práctica del amor en la Iglesia, a no suponer que toda práctica religiosa implica un compromiso auténtico con el Evangelio, sino a examinar las nuevas formas de fariseísmo (cf. EG 93).
Otro criterio importante para reconocer la mundanidad espiritual es que las diferentes actitudes en que se manifiesta tienen en común “la misma pretensión de «dominar el espacio de la Iglesia»” (EG 95). Algunos tipos de esta mundanidad son el cuidado excesivo de la liturgia, la doctrina y el prestigio; la fascinación por la conquista, la vanagloria por la gestión o las dinámicas de autoayuda; una intensa vida social o el funcionalismo empresarial, entre otros. Lo que delata estas actitudes es que, en ellas, no se percibe “el sello de Cristo encarnado, crucificado y resucitado” y no se respira “el aire puro del Espíritu Santo” que nos libera de nosotros mismos (EG 95, 97). El papa Francisco delata, en el fondo, una tentación de poder: “la vanagloria de quienes se conforman con tener algún poder y prefieren ser generales de ejércitos derrotados antes que simples soldados de un escuadrón que sigue luchando” (EG 96). Pero el planteo no se queda en la advertencia, sino que invita a un proceso de sanación que puede darse en la medida en que se pone a la Iglesia en movimiento de salida de sí (cf. EG 97).
Cuando se cae en la tentación de la autorreferencialidad, la Iglesia se aleja de los sufrimientos del pueblo fiel y el Evangelio se desencarna; en cambio, una Iglesia en salida se distingue por su capacidad de escucha al clamor de los pobres y de estremecerse ante el dolor ajeno (cf. EG 193). La salida hacia las periferiases un leit-motiv que recorre toda la exhortación, aunque se concentra especialmente en el capítulo IV del texto (cf. EG 20, 30, 46, 53, 63). Estas periferias exigen que la espiritualidad de la misión evangelizadora esté radicada en el amor de misericordia; la misericordia debe ser el tema central del anuncio de la Iglesia. La reforma de la Iglesia y su estilo en salida están motivados por el anuncio y la práctica de la misericordia. La reforma es para la misión y ésta siempre prefiere a las periferias.
2.3 Reforma de la predicación como conversación materna
Junto a la insistencia en la totalidad del sujeto evangelizador y en la espiritualidad popular, el capítulo III destaca la centralidad de la homilía y la necesidad de su preparación (cf. EG 135-159; FERNÁNDEZ, 2014, p. 24-25). La importancia dada en la exhortación a esta sección se explica porque “la homilía es la piedra de toque para evaluar la cercanía y la capacidad de encuentro de un pastor con su pueblo” (EG 135; FRANCISCO, 2013, p. 19); otras formas de anuncio, como la catequesis o el acompañamiento espiritual – que no considero en esta ocasión – confirman la valoración con insistencia de todo el sujeto evangelizador (cf. EG 160-175).
En este contexto, se habla de la conversación de la madre como modelo: “la Iglesia es madre y predica al pueblo como una madre que le habla a su hijo, sabiendo que el hijo confía que todo lo que se le enseñe será para bien porque se sabe amado” (EG 139). Este modelo femenino está al servicio de una dimensión afectiva y espiritual que ha de guiar al pastor para escuchar la fe del pueblo y hablar en lengua materna (cf. EG 139). Un hijo entiende esta lengua y, del mismo modo, toda cultura comprende cuando se le habla en su lenguaje, con sus propias palabras, símbolos y valores. Si la homilía no habla al corazón, si no respira la novedad del Evangelio, no comunicará vida; en cambio, si en la prédica se busca aunar el corazón del Señor y su pueblo, el amor se enciende. La clave se encuentra en el espíritu de amor y en el Espíritu Santo que guía al pastor cuando éste predica a su pueblo; en este tono materno, quedan resaltadas las notas típicas del Espíritu: “ánimo, aliento, fuerza e impulso” (EG 140). Se trata de mirar como Jesús miró; entrar en esta perspectiva es lo que produce que ardan los corazones (cf. EG 142). Con un lenguaje muy expresivo, Francisco pide que la homilía sea un hablar de corazón, que haga sentir al pueblo como en medio de dos abrazos, el del Padre y el de María (cf. EG 144).
Lo dicho sobre la homilía conduce a hablar dela preparación de la predicación y a proponer, en ella, la lectio divina como camino de oración con la Palabra (cf. EG 145-159). Se habla de la lectio en relación con la Palabra de Dios y también en conexión con la lectura de la historia, en coherencia con una espiritualidad no solamente intimista, sino volcada a la misión (cf. EG 152- 155). Pero la motivación fundamental del tema en esta exhortación va de la mano con una preocupación de índole pastoral: “uno de los defectos de una predicación tediosa e ineficaz es precisamente no poder transmitir la fuerza propia del texto que se ha proclamado” (EG 148). En efecto, la lectio divina o lectura de Dios significa “una lectura que tiene a Dios por objeto” y, en este sentido, San Gregorio Magno habla de la Sagrada Escritura como scripta Dei – escritos de Dios – (COLOMBáS, 1995, p. 33). En cuanto tal, esta lectura es un lugar privilegiado del encuentro con la Palabra de Dios y por ello para la experiencia espiritual cristiana que nutre de vida la proclama- ción. La lectio divina constituye una práctica antigua, capaz de entregar frutos siempre nuevos, porque al ser una lectura orante, permite “escuchar, retener, profundizar, vivir la Palabra de Dios contenida en la Escritura, sumergirse en ella con fe y amor” (COLOMBáS, 1995, p. 40). Además, este método de oración con la Biblia suscita la capacidad de abrirse al misterio, porque apela a una actitud receptiva, desinteresada y perseverante. Las diversas orienta- ciones de Evangelii gaudium se deben entender en este sentido (cf. 145-153).
La lectio divina, en nuestros días, se extiende a la vida cristiana y su praxis; para Martini, por ejemplo, el momento de la contemplación está relacio- nado también con el discernimiento y la acción (CUNNINGHAM; Egan, 2004, p. 52s). En Evangelii gaudium, la escucha de la Palabra se encuentra vinculada al discernimiento de la historia: en el servicio de la predicación, la contemplación de la Palabra se da unida a la contemplación del pueblo (cf. EG 154); lo mismo puede decirse de otras formas de anuncio del pueblo de Dios, que han de nutrirse del discernimiento evangélico. De hecho, aunque no siempre se da en la vida concreta de la Iglesia, el papa Francisco celebra “que sacerdotes, diáconos y laicos se reúnan periódicamente para encontrar juntos los recursos que hacen más atractiva la predicación” (EG 159).
El llamado a la reforma es para todos los bautizados, pero recae sobre todo sobre los pastores, llamados a tener “olor a oveja”, por saber “tocar la carne sufriente de Cristo” (EG 24). Francisco afirma: “prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (EG 49; AZCUY; CERVANTES, 2014, p. 41-46). El llamado de renovación a las parroquias no ha dado todavía suficientes frutos y la opción preferencial por los pobrespide una atención espiritual y religiosa privilegiada y prioritaria (cf. EG 28; 200). El lugar central dado a la ne- cesidad de reforma en el ámbito de la predicación responde al programa de Francisco (AZCUY, 2002, p. 43).
3. La exigencia de una espiritualidad comunitaria para el anuncio del Evangelio
El capítulo III de Evangelii gaudium nos recuerda, ante todo, que la tarea de la proclamación explícita del Evangelio “vale para todos” (EG 110). En consonancia con las enseñanzas del Concilio Vaticano II y en conexión con la encíclica Evangelii nuntiandi, se retoman las nociones de Iglesia como sujeto de la evangelización y Pueblo de Dios (cf. EG 111; 114ss); se integra, además, la diversidad de culturas que acogen el Evangelio, recibiendo su gracia y aportando a la vez sus riquezas (cf. EG 115ss; GALLI, 2014, 42ss.). Los desafíos de unidad en la diversidad quedan a la vista, pero no significan buscar la uniformidad, sino la convivencia y el intercambio (cf. EG 117). En este cuadro, quisiera proponer algunos elementos espirituales dinamizadores de la evangelización: la comunidad de bautizados y el sensus fidei, cuyo reconocimiento destaca la presencia del Espíritu en todos los cristianos (EG 119); la mística popular: “una verdadera «espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos»” (124); los carismas al servicio de la comunión evangelizadora (130ss)y “una presencia más incisiva de las mujeres en la Iglesia” (103), que invita a ampliar la participación en los espacios de toma de decisiones.
3.1 La construcción de la comunidad, tarea espiritual del sujeto evangelizador
A hablar de Pueblo de Dios en el capítulo III, la exhortación apostólica insiste en decir que el sujeto evangelizador trasciende la dimensión institucional y jerárquica, lo cual prepara el terreno para introducir de los aspectos culturales y carismáticos que animan la unidad del pueblo de Dios en la diversidad. Ante todo, se busca destacar que la Iglesia colabora como “instrumento de la gracia divina” y que la primacía de la gracia debe iluminar nuestra reflexión para pensar la evangelización (cf. EG 112; 13). La perspectiva de la gracia se acompaña, como al comienzo de la Evangelii gaudium, con la misericordia (cf. EG 3, 37, 44): la Iglesia, que está al servicio de la salvación de todos, “tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (EG 114).Esta realidad de la gracia invita a la tarea: la proclamación explícita y la exigencia de edificar la comunidad como lugar de misericordia, precisamente en un contexto de crisis y tentaciones del compromiso comunitario.
Con su referencia al sujeto evangelizador, Evangelii gaudium también otorga un lugar especial a las diversas culturas que encarnan el Evangelio y, al hacerlo, recupera los aportes del magisterio y sobre todo de la teología del pueblo, que se ha expresado – entre otras fuentes – en la III Conferencia de Puebla, al tratar sobre la “evangelización de la cultura” y la “piedad popular” (GERA, 2006, p. 717ss). En este capítulo III, la reflexión se hilvana desde el principio: “la gracia supone la cultura, y el don de Dios se encarna en la cultura de quien lo recibe” (EG 115); se introduce la relación entre espiritualidad y cultura. La salvación no acontece sólo en el plano individual o comunitario, sino también en el ámbito de las culturas, a través de las personas, comunidades y grupos que las integran. En este contexto, la reflexión se abre a la diversidad de culturas: “el cristianismo no tiene un único modo cultural” (EG 116), sino que lleva consigo el rostro de diversas culturas y pueblos en que se arraiga. Así, la riqueza de las culturas embellece a la Iglesia y en ella se pide superar la tentación de absolutizar la propia cultura y valorar a cada una como mediación de la salvación. La diversidad “construye la comunión y la armonía del Pueblo de Dios” (117).
En coherencia con la perspectiva del Pueblo de Dios, Evangelii gaudium propone el tema del sensus fidei o sentido de fe de los fieles (cf. LG 12). No se trata de un tema nuevo, pero sí, quizás, de una dimensión poco practicada en la vida de la Iglesia. En la exhortación, se afirma que el Espíritu Santo otorga a los creyentes “una cierta connaturalidad con las cosas divinas y una sabiduría” (EG 119). En este sentido, “sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo” (EG 120); así se busca revalorizar, en el plano de la evangelización, el compromiso de todos los bautizados y especialmente de las personas más sencillas. El ejemplo de la samaritana, dado en el texto, resulta elocuente: a partir del diálogo con Jesús ella se convierte en misionera y muchos se abren a la fe, inicialmente, gracias a su testimonio (cf. Jn 4,39). En efecto, la revalorización del sensus fidei representa un elemento dinamizador en el proceso de creación y profundización de la comunidad eclesial; además, posibilita ampliar el sujeto evangelizador y hacer efectivo el anuncio como tarea de todos/as. Se requiere hacer lugar al sentido de fe de los fieles y tener una fe confiada en la acción del Espíritu en los más humildes (GRIEU, 2013, p. 355ss).
3.2 La mística popular como elemento carismático del sujeto evangelizador
El aporte de la mística popular puede considerarse como otro elemento dinamizador, uno por excelencia, en la tarea de la evangelización. El Documento de Aparecida ha dado un paso adelante considerando la “piedad popular” como una auténtica “espiritualidad o mística cristiana” (DA 262-263), una enseñanza que Francisco asume y universaliza en Evangelii gaudium. Ante todo, se trata de valorar positivamente lo que el Espíritu Santo ya ha hecho, es decir, percibir la piedad popular como un imprescindible punto de partida para conseguir que la fe del pueblo madure y se haga más fecunda; al valorar su riqueza evangélica, también se puede asumir lo que todavía debe ser evangelizado: “por este camino, se podrá aprovechar todavía más el rico potencial de santidad y de justicia social que encierra la mística popular” (DA 262). Se puede decir, que esta perspectiva ya estuvo en la preocupación del episcopado y la teología argentina desde los tiempos de la II Conferencia de Medellín, como respuesta a una visión más bien negativa que se tenía de la religiosidad popular (GERA, 2007, p. 297-364); con el tiempo, se fue asumiendo una visión más positiva de la expresión religiosa del pueblo: “fue Pablo VI en su Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi quien dio un impulso decisivo en ese sentido” (EG 123), al explicar que la piedad popular expresa la particular sed de Dios de los pobres y sencillos. y Benedicto XVI, en su Discurso Inaugural en Aparecida, presenta la religiosidad popular como “el precioso tesoro de la Iglesia católica en América Latina, y que ella debe proteger, promover y, en lo que fuera necesario, también purificar” (BENEDICTO XVI, 2007).
La exhortación Evangelii gaudium sigue estas huellas haciéndose eco, particularmente, del magisterio anterior. Se insiste en valorarla fuerza evangelizadora de la piedad popular, vale decir, cómo los pueblos en su reli- giosidad son evangelizadores, una parte del sujeto evangelizador (cf. EG 122-126). Una primera lectura que se ofrece, siguiendo los pasos de las Conferencias de Puebla y Aparecida, se expresa al afirmar: “puede decirse que «el pueblo se evangeliza a sí mismo»” (EG 122). La piedad popular es una “verdadera expresión de la acción misionera espontánea del Pueblo de Dios” (122); lo que se quiere decir es que ¡el Espíritu Santo actúa más allá de la acción evangelizadora institucional o planificada! La exhortación apostólica abre a una comprensión más amplia y misteriosa de la dinámica de la evangelización; la acción del Espíritu en la experiencia religiosa del sujeto histórico sigue sus propios caminos, más allá de las acciones que realizan las instituciones religiosas.
En cuanto al lenguaje, siguiendo a los obispos latinoamericanos, Evange- lii gaudium incorpora la clave de la “espiritualidad popular” o “mística popular”, que es una espiritualidad que se expresa sobre todo “por la vía simbólica” y acentúa especialmente el credere in Deum o el acto de confianza en Dios (cf. EG 124). Una expresión particular se observa en las peregrinaciones, en los santuarios – muchos de ellos marianos – y en muchas otras experiencias de misión popular en nuestro ámbito (AZ- CUy; CERVANTES, 2014a, p. 35ss). En este punto, la exhortaciónvuelve a asumir las perspectivas de Aparecida y agrega una invitación especial: “¡No coartemos ni pretendamos controlar esa fuerza misionera!” (EG 124; FERNÁNDEZ, 2014, p. 80-81). Porque “el alma [religiosa] de los pueblos latinoamericanos” constituye un dinamismo evangelizador que va más allá del plan evangelizador de la Iglesia jerárquica.
Finalmente, se exhorta a no menospreciar la obra del Espíritu Santo en la piedad popular; más bien, “estamos llamados a alentarla y fortalecerla para profundizar el proceso de la inculturación que es una realidad nunca acabada” (EG 126). Como fruto del Evangelio inculturado, la piedad po- pular posee una fuerza activamente evangelizadora, es decir, contiene semillas del Verbo que impulsan a la construcción del reino en la historia. Por ello, el papa Francisco no duda en afirmar que las expresiones de esta piedad tienen mucho que enseñar y constituyen “un lugar teológico al que debemos prestar atención, particularmente a la hora de la nueva evangelización” (EG 126). Para la teología, esta expresión está llena de valor: la experiencia religiosa popular, como parte de la vida de las iglesias particulares, cons- tituye una fuente para pensar la teología en diálogo con la espiritualidad y la pastoral (AZCUY, 2014a, p. 13-34).
3.3 Una presencia más incisiva de las mujeres en la Iglesia
Francisco afirma que la Iglesia es mujer y no elude el referirse en concreto a las mujeres. El tema se encuentra en diversos contextos de Evangelii gaudium; uno de ellos es el que plantea la cuestión del clericalismo y la participación del laicado y las mujeres, que es el que elijo para introducir las reflexiones de esta sección:
Reconozco con gusto cómo muchas mujeres comparten responsabilidades pastorales junto con los sacerdotes, contribuyen al acompañamiento de personas, de familias o de grupos y brindan nuevos aportes a la reflexión teológica. Pero todavía es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia. Porque «el genio femenino es necesario en todas las expresiones de la vida social; por ello se ha de garantizar la presencia de las mujeres también en el ámbito laboral» y en los diversos lugares donde se toman las decisiones importantes, tanto en la Iglesia como en las estructuras sociales (EG 103).
En estas palabras se destacan tres ideas que merecen enunciarse: 1. Se reconoce un aporte específico a las mujeres, en lo materno y en otras capacidades, 2. Se valora positivamente su participación en diversos servicios en la Iglesia y 3. Se explicita la necesidad de profundizar esta presencia, sobre todo en los ámbitos de toma de decisiones.
Se puede pensar, entonces, que cuando Francisco habla de un estilo mariano de la evangelización está apuntando a fortalecer las capacidades maternas de la Iglesia y por ello, a la vez, busca valorizar el aporte de las mujeres e impulsar una mayor incidencia de ellas en la pastoral eclesial. En otra ocasión, él afirma que la(s) mujer(es) conserva(n) “una sensibilidad particular para las cosas de Dios, sobre todo (al) ayudarnos a comprender la misericordia, la ternura y el amor que Dios tiene por nosotros” (http://www.osservatoreromano.va/es/tag/ vaticanoffices). De hecho, es difícil imaginar una “conversión hacia lo materno” en la Iglesia, sin una presencia más incisiva de las mujeres a la hora de marcar el estilo. Si esto es así, la Iglesia tiene una tarea de conversión importante en este punto, si bien ya viene haciendo un camino en una pastoral de la cercanía, la misericordia y la ternura.
Al promover una cultura materna en la evangelización, se tratará de dar lugar a los carismas propios de las mujeres, sin caer en idealizaciones. Si “una mujer, María, es más importante que los obispos” (EG 104), se hace necesario revalo- rizar el carisma de la Iglesia junto a la Iglesia-institución, al mismo tiempo que ponderar los dones específicos de las mujeres sin por ello restarles dignidad y participación en los espacios de toma de decisiones en las iglesias. En concreto, cabe preguntarse y reflexionar acerca del significado y las consecuencias que tiene la afirmación relativa a la superioridad de María con respecto a los obispos: en principio, pienso que se ha de entender en relación con la prioridad que posee el seguimiento sobre el ministerio.
El anuncio del Evangelio reclama, en primer lugar, un fortalecimiento de la comunidad de fe, una espiritualidad comunitaria, que dinamice los elementos carismáticos del Pueblo de Dios. El acento puesto sobre la di- mensión femenina de la Iglesia busca equilibrar un estilo excesivamente institucional con otro de acento más bien místico que sea capaz de impulsar el diálogo evangelizador con vitalidad. Sin una experiencia “mística”, del misterio, no es posible anunciar y transmitir la fe (cf. RAHNER, 1969, p. 21); el reconocimiento de la cualidad mística de la espiritualidad popular latinoamericana resulta decisivo en la tarea evangelizadora. También se requiere valorar el carisma de las mujeres y su presencia activa como elemento dinamizador en una evangelización con estilo materno – sobre lo que trataremos más abajo –.
4 Una evangelización con la fuerza del Espíritu Santo
El capítulo V de Evangelii gaudium, “Evangelizadores con espíritu” (EG 259ss), nos recuerda por cierto a la espiritualidad que acompaña a los discípulos misioneros en Aparecida (cf. FERNáNDEZ, 2013, p. 128ss). Entre los matices propios de Francisco, se destaca que una nueva evangelización,
realmente efectiva, comienza por la reforma de la misma Iglesia. Esta reforma ha de reflejarse en la búsqueda de santidad de todos los bautizados in- cluyendo el ardor místico y la santidad de sus pastores (CARDÓ FRANCO, 2013, p. 151). Esta santidad integra amor a Dios y amor al pueblo, en una nueva y sugerente expresión de la unidad del amor a Dios y al prójimo; la visión de espiritualidad que se ofrece asume una rica diversidad de dimensiones en una búsqueda de armonía y belleza de vida cristiana. Por último, el estilo materno de la Iglesia se presenta de una manera nueva, muy sugerente.
4.1 Reencontrar el “alma”para “evangelizar con espíritu”
Alo largo del capítulo V vemos repetirse la palabra “alma” (cf. EG 259, 261, 268, 273). Ella expresa aquello que debe darse en la misión eclesial de cada bautizado; ésta es la acción del Espíritu, el alma de la Iglesia se- gún San Agustín (cf. EG 261; EN 75d). Alma o respiración del Espíritu en nosotros es, en realidad, lo que define a la Iglesia cuando decimos Credo Ecclesiam: creemos que la Iglesia es una obra del Espíritu y creemos en la Iglesia, que es nuestra Madre; ella, la comunidad eclesial, es el espacio vital-pneumático, en el cual profesamos nuestra fe y vivimos en comunión (PIÉ-NINOT, 2009, p. 52s). La Constitución Lumen Gentium nos recuerda esta realidad espiritual de la Iglesia y la presencia misteriosa del Espíritu en ella: “Para renovarnos sin cesar en El (cf. Ef 4,23) nos dio su Espíritu, que es el único y el mismo en la Cabeza y en los miembros. Este de tal manera da vida, unidad y movimiento a todo el cuerpo, que los Padres pudieron comparar su función a la que realiza el alma, principio de vida, en el cuerpo humano” (LG 7b). Así, en el credo, profesamos que la Iglesia ha sido formada por el Espíritu Santo, que es su obra propia, el instrumento por medio del cual nos santifica; por la fe, que la Iglesia nos comunica, tenemos parte en la comunión de los santos, en el perdón de los pecados y en la resurrección de la carne para gozar de la Vida (H. DE LUBAC, 1988, p. 35s).
Evangelizar “con alma” quiere decir, entonces, desplegar el dinamismo propio
del ser eclesial: el misterio de la Iglesia misionera se juega en la relación
existente entre el Espíritu Santo y los bautizados, como “personalización” o “apropiación subjetiva” del misterio de Cristo (cf. ZIZIOULAS, 2003, p. 139). La experiencia misteriosa de Cristo en nuestros corazones y en nuestras relaciones, el Jesús en medio – según Chiara Lubich –, implica una interio- rización de “los sentimientos de Cristo Jesús” (Fil 2,5) que solo puede ser obrada por el Espíritu Santo. No es posible dar testimonio de Jesús, si no lo hemos visto y oído (cf. 1Jn 1,1); el anuncio del Evangelio nos exige dejar que el Espíritu Santo nos abra los ojos y los oídos (cf. BALTHASAR, 1998, p. 27). Evangelizar con espíritu implica una madurez en la vida espiritual personal, comunitaria e institucional, una cualidad teologal de nuestro ser cristiano: una vida de caridad que sea capaz de no anteponer nada al amor de Cristo – como enseña la tradición monástica –, una opción por la pobreza que sea camino para hacer lugar a la acción divina y una práctica de la obediencia firme a los designios de Dios en la existencia humana.
Evangelizar con espíritu exige una espiritualidad integradora capaz de su- perar otras formas insuficientes de entender y vivir lo espiritual. Ya en Aparecida se buscaba integrar la espiritualidad a las inquietudes por una vida plena, intensa, feliz, sin que esto representara una “privatización de la fe”, un cerrarse al amor servicial para que otros y otras tengan vida.Se quería criticar una experiencia frecuente de la espiritualidad vivida como un camino de intimidad con el Señor en desmedro del compromiso de vida en lo cotidiano y en lo social (FERNáNDEZ, 2013, p. 122ss). El don que recibimos para evangelizar es la vida entera (cf. FERNáNDEZ, 2003); por el camino de la santidad, que es amor extrovertido, nos preparamos para anunciar el Evangelio, cuyo contenido central es el amor de Dios: “la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado” (EG 36). Reencontrar el “alma” quiere decir encarnar los caminos del amor y descentrarnos parapoder seguirlos, más allá de nosotros mismos.
4.2 Con entrañas de misericordia
Evangelii gaudium nos invita a poner “alma” a la evangelización. Poner alma al anuncio también puede entenderse como ponerle “corazón” o “entraña”, vale decir, anunciar por amor, por amor de misericordia (cf. EG 3, 11, 37, 39, etc.). Precisamente, ésta es la meta a la que parece querer llegar Francisco en su exhortación, al preguntaracerca de la motivación fundamental que nos lleva al anuncio del Evangelio: ¿por qué anunciar? La cuestión es el amor: “la primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por Él que nos mueve a amarlo siempre más” (EG 264). Evangelización con entrañas es comunicar el Evangelio de haber sido encontrados por Cristo y haber recibido su promesa de vida plena; evangelizar con entrañas es también una exigencia espiritual que nos lleva a salir del encerramiento para centrarnos en el ejercicio del amor. Los medios principales para encontrar los caminos del amor de Cristo son la lectura orante de la Palabra, la comunión con su vida resucitada en la Eucaristía y en la comunidad de hermanos/as.
En definitiva, la “evangelización con espíritu” nos sitúa en “el corazón de la Iglesia” y éste no es otro que las entrañas de Cristo y la presencia vivificadora de su Espíritu en nosotros. Si amamos y nos dejamos amar, vivimos bajo la acción del Espíritu. Un amor que irreductiblemente es amor a Dios y al prójimo en unidad, una verdad que Francisco formula argentinamente: por la acción del Espíritu, nos disponemos a amar a Cristo y al pueblo (cf. EG 268; FERNáNDEZ, 2014, p. 73ss). Como Jesús y en su Espíritu, pedimos tener “entrañas de misericordia”: amor a Dios, nuestro Padre de misericordia, y amor de entrañas compasivas hacia su pueblo que es nuestro pueblo.
El discernimiento espiritual cristiano busca reconocer la obra del Espíritu en la historia: “la creatividad del Espíritu está actuando en todas partes, en todas las dimensiones del crecimiento del mundo, en la diversidad de sus culturas y en la variedad de sus experiencias espirituales” (Spadaro, 2013, p. 143). Cuando leemos y escuchamos el Evangelio de Jesús, su luz nos está guiando para reconocer su misteriosa presencia; en la incansable tarea de anunciar la buena noticia a la humanidad y en especial a los más sufrientes, su aliento nos está impulsando. En la lectura y la proclamación del Evangelio de Jesús, pedimos al Espíritu el amor a Dios y a su pueblo, como Cristo lo ha vivido, unido, en un mismo acto de entrega a la muer- te hasta ser resucitado. Cada bautizado está llamado a dejarse enseñar el Evangelio por el Espíritu Santo: así llegará a ser evangelizador/a con espíritu al servicio de la verdad de Jesucristo que es amor.
4.3 Más allá de la contemplación y la acción, el amor
Una evangelización con espíritu – como dije antes – exige superar la falsa
alternativa entre contemplación y acción, para centrarse en el amor (BAL- THASAR, 1965, p. 291ss). Amor a Dios y amor al pueblose concretan, en Evangelii gaudium, en relación con dos prácticas fundamentales de la vida cristiana: la práctica de la oración como encuentro con Dios e intercesión por los otros y la práctica del amor hacia el pueblo – una formulación realmente potente porparte de Francisco –. En efecto, como dice la liturgia, la oración de intercesión es una forma de amor a los demás: Este es el que ama mucho a sus hermanos/as: el que ora mucho por su pueblo. Cristo Jesús, en el mismo acto de dar la vida, cumple con la voluntad de Dios y nos ama con el mayor amor (cf. Jn 15,13); con él, estamos llamados a ser amigos/as de Dios y profetas/profetisas de los pueblos (cf. JOHNSON, 2004).
Unespíritu contemplativose caracteriza, primero, por la recepción: es el Es- píritu quien gime en nosotros y nos hace clamar Abba (cf. Rm 8, 15); se trata, además, de un espíritu de filiación: en Cristo, somos hijos, somos “existencia en recepción” (cf. BALTHASAR, 1989), somos recepción del Espíritu, en nuestros corazones, en nuestras comunidades, en la historia. Al mismo tiempo que Dios se nos da en su Hijo y en su Espíritu divino, estamos invitados a la acción, que en sentido teológico quiere decir par- ticipación en el drama de la salvación; por ello, para encontrar a Dios y profundizar la recepción de su don, en la Palabra y en los sacramentos, necesitamos buscarlo y amarlo con toda el alma, todo el corazón y todas las fuerzas. En la vida de la contemplación, la auténtica recepción siempre fructifica en la acción del darse haciéndose don; ser hijo es, precisamente, recibir y dar gracias, dejarse regalar recibiendo el don y hacerse regalo para Dios donándose a sí mismo para Dios y los demás. Es por eso que, la exhortación Evangelii gaudium nos recuerda que: “sin momentos detenidos de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor, las tareas fácilmente se vacían de sentido, nos debilitamos de cansancio y las dificultades, y el fervor se apaga” (EG 262). Sin recepción no puede haber don; sin recepción, la acción queda sin alma, porque sin Espíritu no hay renovación.
Una espiritualidad contemplativa se alimenta de tiempo dedicado a la oración, una oración que supone un auténtico espíritude adoración y obediencia (BALTHASAR, 1965, p. 193). Por eso, Francisco se alegra al saber que se multiplican “en todas las instituciones eclesiales los grupos de oración, de intercesión, de lectura orante de la Palabra, las adoracio- nes perpetuas de la Eucaristía” (EG 262). La vitalidad de los centros de espiritualidad o casas de irradiación en nuestro ámbito es creciente, pero todavía no alcanza a todos: quienes poseen menos recursos, los pobres de bienes materiales, son con frecuencia también los más marginados y hasta excluidos de los espacios eclesiales específicos para desarrollar el sentido contemplativo de la vida (AZCUy; MAZZINI, 2014a, p. 117). La nueva evangelización requiere un nuevo vigor en la oración y por ello una decidida opción institucional por las diversas “casas de irradiación” en la iglesia particular. En Evangelii gaudium se señala que se “requiere imaginar espacios de oración y de comunión con características novedosas, más atractivas y significativas para los habitantes urbanos” (EG 73). La misión evangelizadora pide un “estado de oración” (GERA, 1987, p. 27).
¿El gusto espiritual de ser pueblo? Para llegar a ser evangelizadores de alma, la contemplación necesitaflorecer en las prácticas de amor a los demás y al pueblo. Francisco nos habla de la oportunidad de cultivar el gusto espiritual de ser pueblo: “estar cerca de la gente hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior” (EG 268). Nos pide mirar el modelo de Jesús para poder integrarnos a fondo en la sociedad, compartir la vida con todos en sus necesidades, alegrarnos con los que están alegres y llorar con los que lloran (cf. EG 269). El verdadero contemplativo no sucumbe ante la tentación de privatizar su fe ni ante la elección de la mística a costa del compromiso social (cf. 262); sino que se abre a una acción del Espíritu cuya impronta se manifiesta en la transformación integral de la vida. La espiritualidad de la misión, para Francisco, se desarrolla necesariamente como “popular”, es decir, “vecina/próxima a la gente” (FERNáNDEZ, 2014, p. 73ss). ¿No da él sobradas muestras de este gusto espiritual de ser pueblo? (cf. ALLEN, 2013, p. 12).
Una forma de resumir el programa de Francisco es “la salida misionera” (EG 15); hacia ella se orienta toda la transformación de la Iglesia (cf. EG 19ss). En Evangelii gaudium, se presenta una espiritualidad cuyo centro está en la misión en el corazón del pueblo. Francisco dice de forma muy enfática que la misión no es algo advenedizo, añadido y accidental, sino algo central: “soy una misión en esta tierra” (cf. EG 273). El cristiano es un ser des-centrado: deja de tener su centro en sí, para tenerlo en Cristo; la misión nos saca de nosotros mismos y nos pone “en salida”(cf. EG 15; 9). Ser cristiano es ser hijo, partícipe en la misión o envío del Hijo, movido por el Espíritu hacia una vida pascual. El cristiano está ungido por el Espíritu para la misión, una misión que se realiza en el corazón del pueblo, es decir, junto a la vida de cada p ersona, cuya dignidad merece la ternura infinita de Dios. Aprender a ser pueblo es algo indispensable para el desarrollo de la misión cristiana: la espiritualidad contemplativanos invita a ser uno con todos, a incluir a todos/ as empezando por los más pobres; se distingue por sus notas de misionera, popular e inclusiva (AZCUy; CERVANTES, 2014a, p. 35ss).
5. La espiritualidad materna de la evangelización
María es icono de la ternura de Dios y de la Iglesia en su misión evan- gelizadora. El capítulo V de Evangelii gaudium, como otros textos del ma- gisterio, concluye con el tema de María (ZAMBONI, 2014, p. 43); propone una evangelización con la ternura de María (cf. EG 284ss). Además, el tema mariano está presente en otros capítulos, pero no es posible mencionarlos a todos. Se destaca la figura de una “cultura materna” como clave de la evangelización y la predicación (cf. EG 139) y la cita del Nican Mopohua como ilustración de la presencia de lo típicamente latinoamericano: “¿No estoy yo aquí que soy tu Madre?” (EG 286). En esta sección, me propongo considerar el “estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia”, fundado en que “cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño” (EG 288).
5.1 ¿Qué espiritualidad para una Iglesia Madre y Pastora
En esta exhortación, Francisco reitera su opción por la ternura de la madre hacia sus hijos e hijas: una ternura materna. Ciertamente, su visión está impregnada de una profunda piedad mariana, pero además, el Papa está preocupado por los pastores: “sueño con una Iglesia Madre y Pastora. Los ministros de la Iglesia tienen que ser misericordiosos, hacerse cargo de las personas, acompañándolas como el buen samaritano que lava, limpia y consuela a su prójimo” (FRANCISCO, 2013, p. 17). Posiblemente, sus funciones de superior y provincial como jesuita y, más tarde, como ar- zobispo de Buenos Aires, han focalizado al entonces Cardenal Bergoglio en su preocupación por el clero (FRANCISCO, 2013, p. 13). Ahora, como obispo de Roma, se percibe que esta inquietud continúa y a la vez que su cuidado pastoral se dirige a todos los bautizados.
Las acentuaciones de Francisco se nutren de la tradición cristiana y del magisterio de la Iglesia desarrollado a partir del Concilio Vaticano II. La gran enseñanza de los padres en el primer milenio cristiano es que la Iglesia es Madre. Como señala Henri de Lubac, “los lazos que existen entre la Iglesia y la Virgen María no son solamente numerosos y estre- chos, sino también esenciales. Están íntimamente entretejidos. Estos dos misterios de nuestra fe son más que solidarios: se ha podido decir que son «un solo y único misterio»” (DE LUBAC, 1988, p. 249). La tradición cristiana ha explicado las relaciones entre María y la Iglesia a partir de las figuras de virgen y madre; así puede verse, por ejemplo, en la formu- lación magisterial de Mulieris Dignitatem de Juan Pablo II. Lumen Gentium explica la maternidad de la Iglesia a la luz de la mediación maternal de María, quien “colabora a que los fieles nazcan a la vida de gracia” (LG 63); la Iglesia es madre haciendo hijos por el bautismo y alimentándolos por medio de la Palabra y los sacramentos, también lo es en cuanto tipo y modelo de la vida cristiana. En la exhortación apostólica Pastores dabo vobis, se promueve una vida sacerdotal centrada en la caridad pastoral, con una espiritualidad marcada por la misericordia del Buen Pastor: el sacerdote está llamado a amar “con una ternura que incluso asume mati- ces del cariño materno, capaz de hacerse cargo de los «dolores de parto» hasta que «Cristo no sea formado» en los fieles (cf. Gal 4,19)” (PDV 22c). Se podría revisar, con provecho, la implementación de estas orientaciones.
Lo novedoso, en Evangelii gaudium, parece estarvinculado a la tradición latinoamericana, a una experiencia religiosa afectiva, dada por la vía de la belleza (via pulchritu dinis), más propia del pueblo sencillo, que no si- gue especialmente la vía de la verdad (via veritatis), cuyo uso se practica más en teología, para llegar a Dios. Evangelii gaudium habla de “un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia” (EG 288). Aún co- nociendo la teología existencial de Francisco, puede llamarla atención que él no se canse de repetir que la Iglesia es mujer. En cierto modo, en este punto, el obispo de Roma va más allá de sus predecesores, que hablaron del principio mariano de la Iglesia (BALTHASAR, 1965, p. 175-237). Decir enfáticamente que la Iglesia es mujer representa,en concreto, una verdadera revolución para el cristianismo.
5.2 El estilo materno de la evangelización
La segunda sección del capítulo V se titula “María, la Madre de la evan- gelización” (EG 284-288). La propuesta de un estilo materno en la evange- lización se vincula directamente con una Iglesia cuya alma es el Espíritu: “Con el Espíritu Santo, en medio del pueblo siempre está María” (EG 284). En este párrafo, se introduce una de las referencias bíblicas claves de la obra de Lucas: “Todos ellos, íntimamente unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos” (Hch 1,14). El relato presenta a María, otras mujeres y los discípulos en oración preparando la venida del Espíritu. María es la persona que, en su fiat, enlaza los acontecimientos de la Anunciación y Pentecostés. En la Anunciación, el Espíritu desciende sobre María; en Pentecostés, el mismo Espíritu desciende sobre los discípulos y discípulas, entre quienes se encuentra María, la madre del Señor. En referencia a su lugar distintivo en el plan de salvación, se afirma que: “Ella es la Madre de la Iglesia evangelizadora y sin ella no terminamos de comprender el espíritu de la nueva evangelización” (EG 285). Y, en relación con la devoción mariana en los santuarios, se expresa que “puede percibirse cómo María reúne a su alrededor a los hijos que peregrinan con mucho esfuerzo para mirarla y dejarse mirar por ella” y los peregrinos “encuentran la fuerza de Dios para sobrellevar los sufrimientos y cansancios de la vida” (EG 286).
Una Iglesia del Espíritu es una Iglesia eminentemente femenina porque el Espíritu es femenino: sus funciones son alentar, animar, dar vida, consolar; todas ellas entrañan los rasgos de lo femenino. En este sentido, Evangelii gaudium presenta el estilo mariano de la evangelización, en relación con el lenguaje materno: “Así como a todos nos gusta que se nos hable en nues- tra lengua materna, así también en la fe nos gusta que se nos hable en clave de «cultura materna», en clave de dialecto materno (cf. 2M 7,21.27) y el corazón se dispone a escuchar mejor. Esta lengua es un tono que transmite ánimo, aliento, fuerza, impulso” (EG 139). Como recordamos antes, las funciones del Espíritu son típicamente femeninas y la figura de María, centrada en su maternidad, se presenta en relación con estas funciones femeninas:
Como madre de todos, es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia. Ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno. Como una verdadera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios. A través de las distintas advocaciones marianas, ligadas generalmente a los santuarios, comparte las historias de cada pueblo que ha recibido el Evangelio, y entra a formar parte de su identidad histórica (EG 286).
María Madre da esperanza, se acerca, acompaña con cariño, camina con nosotros, son algunas de las acciones que expresan la cercanía de Dios y su Espíritu en María. La referencia a los santuarios marianos da al texto un sabor claramente latinoamericano: se pone de manifiesto la experiencia religiosa que tienen nuestros pueblos de María. La devoción mariana se reviste de las diversas características culturales y se vuelve un camino de inculturación del Evangelio (AZCUy, 2012, p. 373-401).
En el último párrafo del capítulo V, Evangelii gaudium habla del estilo materno en la actividad evangelizadora de la Iglesia en lo revolucionario de la ternura y del cariño (cf. EG 288). El estilo materno en la evangelización es inseparable de María, quien es madre y como tal mujer icono del misterio. Este estilo materno, que es un llamado para todos los bautizados, se manifiesta particularmente en la vida de las mujeres, por compartir la condición femenina que es propia de María, quien es, ante todo, la mujer agraciada (JOHNSON, 2005, p. 129).
El sueño de una Iglesia Madre y Pastora revela la centralidad de María en el programa de renovación eclesial que anima Francisco. Pastores, consagrados y laicos podemos encontrar en María el icono de la ternura materna de Dios, como ya lo había propuesto la III Conferencia de Puebla – de forma semejante – al hablar de María de Guadalupe como “el gran signo, de rostro maternal y misericordioso del Padre y de Cristo con quienes ella nos invita a entrar en comunión” (DP 282; cf. 291). En Evangelii gaudium, María es también el icono de la ternura materna de la Iglesia, quien inspira y enseña el estilo materno de la evangelización, por el camino de la ternura y el cariño (cf. EG 288). El lenguaje materno es la propuesta para la predicación y el trato cercano y misericordioso con el pueblo es el nuevo estilo misionero (CEA, 2012).
6 La “trama interna” de Evangelii gaudium o la fuerza de una espiritualidad evangelizadora
Una lectura atenta de la exhortación,en el cuadro de los capítulos I, III y V y en diálogo con aspectos puntuales de los capítulos II y IV, permite descubrir una propuesta de unidad entre teología, espiritualidad y evangelización. A continuación, propongo algunas consideraciones sobre la fuerza de una espiritualidad evangelizadora en la enseñanza de Francisco, la opción por lo materno en el estilo pastoral y el lugar de la teología en el programa de reforma.
6.1 La fuerza de una espiritualidad evangelizadora
Una Iglesia que deja espacio a la acción misionera del Espíritu sale a “primerear” y se aleja de toda tentación esteril de mundanidad espiritual: “la comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de caminos para invitar a los excluidos; vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del padre y su fuerza difusiva” (EG 24). Francisco sabe esto por experiencia: miserando atque eligendo. En Evangelii gaudium nos propone seguir el discernimiento evangélico para reconocer e interpretar las mociones del buen espíritu y del malo, para elegir el primero y rechazar el otro: sí a una espiritualidad misionera, no a la asedia, el pesimismo y la mundanidad (cf. EG 51, 78ss); sí a las relaciones nuevas que genera Cristo, no al clericalismo que muchas veces ¡impide! la participación de los bautizados en la misión y las decisiones (cf. 87,102). La búsqueda religiosa de nuestro tiempo está bajo el signo de lo ambiguo y esto también puede filtrarse en la Iglesia: sólo una Iglesia en salida es digna de fe, porque sólo ella puede vivir y comunicar una espiritualidad que sana, vivifica y no se cansa de buscar la comunión solidaria y la fecundidad misionera (cf. EG 89).
6.2 La opción por lo materno en el estilo pastoral
La exhortación introduce y dedica el capítulo I a la transformación misionera de la Iglesia, lo cual se expresa en el paradigma de la Iglesia en salida (cf. EG 15; 20ss). La espiritualidad de esta salida quiere distinguirse por la nota de la alegría que brota del amor y desborda en el anuncio; esta fuerza espiritual está expresada en María de una manera incomparable: “Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora” (Lc 1,46-47). De este modo, la alegría del anuncio puede inspirarse en María y en la nube de testigos que siguieron al Señor; María es el icono de la espiritualidad evangelizadora, en ella se encuentran los rasgos maternos de la evangelización. Pablo VI ya había comparado el amor del evangelizador con el de un padre o una madre (cf. EN 79b); Francisco propone el estilo materno de la evangelización mirando a María como modelo y mediadora de la ternura y el cariño (cf. EG 288). El Espíritu anima a la Iglesia en la evangelización, conduce al pueblo fiel con estilo materno, de ternura y compasión, para que pueda vivirlo como María. Así la evangelización se vuelve capaz de “lengua materna” (EG 139). Una “presencia más incisiva de las mujeres en la Iglesia” ayudará, ciertamente, a que se viva y se muestre como “una Madre de corazón abierto” (EG 103, 46); para lograrlo, se requiere una Iglesia en salida que supere la tentación de la autorreferencialidad (cf. 93ss).
6.3 El lugar de la teología en el programa de reforma misionera
La Iglesia, empeñada en la evangelización, aprecia y alienta el carisma de los teólogos y su esfuerzo por la investigación teológica, que promueve el diálogo con el mundo de las culturas y de las ciencias (...) Pero es necesario que, para tal propósito, lleven en el corazón la finalidad evangelizadora de la Iglesia y también de la teología, y no se contenten con una teología de escritorio. (EG 133).
Esta referencia de Francisco es ante todo positiva, de valoración, pero a su vez orientativa: que la teología esté al servicio de la evangelización, es decir, no una “teología de escritorio”, lejana a la misión evangelizadora de la Iglesia. Esta misión exige la reforma y discernimiento; en este contexto, el aporte teológico del Concilio Vaticano II sobre la “jerarquía de verdades” es fundamental (cf. UR 11). En el conjunto de las verdades reveladas, “lo que resplandece es la belleza del amor salvífico de Dios mani- festado en Jesucristo muerto y resucitado” (EG 36). La teología tiene también una tarea importante en el discernimiento de la piedad popular y su espiritualidad, porque ella misma es considerada “un lugar teológico al que debemos prestar atención a la hora de pensar la nueva evangelización” (EG 126). El desafío está en reconocer la experiencia mística del Pueblo de Dios, en todas sus expresiones, más allá de la acción institucional de la Iglesia; la espiritualidad popular invita a descubrir los caminos que el Espíritu Santo alienta en esta nueva etapa de la evangelización (cf. EG 280). Un discernimiento particular nos pide Evangelii gaudium a los teólogos y teólogas para pensar el lugar de las mujeres en la Iglesia y alentar su mayor participación (cf. EG 102-103). y, en general, nos invita a una vida de contemplación que prepara para el discernimiento evangélico y para la interpretación de los signos de estos tiempos en la historia presente (cf. EG 51, 108, 154; AZCUY, 2011a, p. 601ss).
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