XV BUSCANDO EL NOMBRE PARA JESÚS
XV BUSCANDO EL NOMBRE PARA JESÚS
La resurrección de Jesús fue una explosión de vida y esperanza que difícilmente podemos evocar nosotros hoy desde nuestro mundo cultural. Sin duda se han perdido para siempre muchos detalles de lo ocurrido, pero hay algo que no se puede negar: en la primera mitad del siglo I irrumpió de forma inesperada y con fuerza increíble en el mundo mediterráneo un movimiento de seguidores de Jesús que rápidamente se extendió por todo el Imperio. Cristo se convirtió para muchos en la vía para acceder al misterio de Dios, para descubrir la verdad de la vida y para mirar el futuro con una esperanza nueva.
Hay algunos hechos que resultan especialmente sorprendentes. El pueblo judío proclamaba su fe en Dios en una invocación muy querida para todos. Decía así: «Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». Destruido el templo el año 70, dispersados por las ciudades del Imperio y rodeados por el culto a diferentes dioses, los judíos repetían con más fuerza que nunca su credo: Dios, el Señor de Israel, es único; ningún otro puede ocupar el corazón del creyente; solo él es digno de amor. ¿Cómo es posible que precisamente un grupo de judíos llegue a invocar a Jesús como «Señor», con el mismo nombre con que los judíos de habla griega designan a Yahvé? ¿Cómo se atreven los himnos cristianos a proclamar que Dios le ha dado a Jesús «el Nombre que está por encima de todo nombre», para que, «al nombre de Jesús, toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos?» . ¿Cómo se le puede atribuir a Jesús el Nombre que está sobre todo nombre?
Por otra parte, para defender su identidad, fuertemente amenazada por las potencias extranjeras, sobre todo a partir de la invasión de la cultura helénica, Israel observaba fielmente el día del «sábado». Era su principal seña de identidad en medio del Imperio. Una fiesta arraigada profundamente en sus corazones: el día consagrado a bendecir y alabar a Yah- vé, creador del universo y liberador del pueblo. ¿Cómo pueden atreverse los judíos seguidores de Jesús a abandonar ese día sagrado del sábado para establecer otro dedicado a celebrar a Jesús resucitado? En poco tiempo, el domingo o «día del Señor» había eclipsado entre ellos la tradición multisecular del sábado. ¿Qué significa este cambio tan profundo?
Se produce también otro hecho singular. El impacto de la resurrección empuja a los seguidores de Jesús a buscar nombres y títulos para tratar de expresar el «misterio» que intuyen ahora en él. La resurrección les obliga a pensar: ¿con quién se han encontrado realmente en Galilea? ¿Quién es este profeta que los ha seducido tanto con su vida y su mensaje? ¿Qué misterio se encierra en este hombre al que la muerte no ha podido vencer? ¿Cuál es la verdadera identidad de este crucificado al que Dios ha resucitado infundiéndole su propia vida? ¿Cómo lo tienen que llamar? ¿Cómo lo han de anunciar?
El misterio inefable que intuyen en Jesús no puede ser expresado solo con un nombre. Siempre les parece poco. Pronto circularán por las comunidades cristianas diversos títulos y nombres tomados del mundo cultural judío o de ámbitos más helenizados. A pesar de su variedad, no se observa ninguna sensación de dispersión o confusión. Todos los nombres se refieren a Jesús, el Profeta admirable que han conocido en Galilea, y todos son interpretados a la luz de su persona y su actuación: Jesús es «Señor», pero un Señor que solo sabe «servir», no dominar; es el «Mesías», pero un Mesías crucificado, no un rey victorioso que destruye a sus adversarios.
Naturalmente, los cristianos siguen hablando de Jesús, que es el nombre con el que todos lo habían llamado siempre cuando vivía entre ellos. Los evangelistas, de ordinario, lo llaman así, sin añadirle ningún título. Sin embargo, Mateo encuentra ya en este nombre un significado profundo: su padre se lo puso por inspiración del «ángel del Señor», porque aquel niño había nacido para «salvar a su pueblo de sus pecados».
Mesías
Desde el comienzo, los cristianos llaman a Jesús «Mesías» o «Cristo». Es un título central. El más usado por todos. Así lo proclaman ya con entusiasmo los primeros predicadores: «Dios, al resucitarlo, lo ha constituido "Cristo" o "Mesías"». El Mesías al que tanto esperaban en algunos ambientes ha sido crucificado. Parece increíble, pero ha sido así. No hay que seguir esperando a nadie. Jesús es el Mesías. Por eso, con toda espontaneidad, los seguidores de Jesús comienzan a llamarse «cristianos» o «mesianistas». Fue en Antioquía donde recibieron por primera vez ese nombre. El impacto de la resurrección de Jesús debió de ser muy grande, pues en la memoria de los discípulos persistía el recuerdo de que Jesús se había resistido a ser considerado «Mesías» o «Cristo». De hecho, la figura del Mesías se había vuelto muy difusa y hasta ambigua. La mayoría veía en él un descendiente de la familia real de David. Algunos pensaban en un personaje sacerdotal. En cualquier caso, casi todos lo imaginaban con rasgos de un liberador guerrero: él terminaría con la dominación romana, limpiaría Israel de la presencia de paganos, restauraría al pueblo elegido y establecería la paz. Probablemente, Jesús suscitó expectativas que hacían pensar en el Mesías: ¿no sería él el liberador que tanto esperaban? Al parecer, Jesús se resistió a aceptar tal título. No quiere ser confundido con un Mesías nacionalista. Su proyecto del reino de Dios era mucho más.
La crucifixión terminó con todos los malentendidos. Ya no es posible imaginarse a Jesús como un guerrillero nacionalista, al estilo de Judas, hijo de Ezequías, Simón de Perea o Atronges. Pablo lo dice con claridad: «Yo no he querido saber entre vosotros sino de Jesús Mesías, y a este crucificado». Jesús es el Mesías verdadero, pero no trae la salvación destruyendo a los romanos, sino buscando el reino de Dios y su justicia para todos. No es un Mesías victorioso, sino «crucificado» por vivir liberando a la gente de opresiones e injusticias. Así lo han conocido todos. Poco a poco, por influencia de Pablo, el término «Cristo» se irá convirtiendo en el nombre propio de Jesús. Entre los cristianos se habla indistintamente de «Jesús», de «Cristo» o de «Jesucristo». Lamentablemente, usado de manera rutinaria, el nombre de «Cristo» fue perdiendo su fuerza original. Pronto se olvidaría su contenido real.
Hombre nuevo
Al parecer, Jesús nunca se llamó «Mesías» o «Cristo». Por el contrario, al hablar de sí mismo y de su misión empleó con frecuencia una expresión bastante extraña, de sabor típicamente semita: «Hijo del hombre». Esta expresión resultaba ininteligible y enigmática a los oídos griegos, pero, incluso para quienes hablaban arameo, referirse a sí mismo en esos términos no dejaba de tener un cierto aire misterioso. «Hijo del hombre» no es propiamente un título atribuido a Jesús. Nadie lo confiesa ni le invoca con ese nombre en la comunidad cristiana. Es una manera de hablar que los evangelistas ponen en labios de Jesús y que, antes que nada, subraya su condición humana: Jesús es un ser humano y vulnerable, un «hijo de hombre» que no tiene dónde reclinar su cabeza, que ha venido no a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate, que siempre anda tras los excluidos y pecadores buscando salvar lo que está perdi- do, un «Hijo de hombre» que, finalmente, será crucificado para resucitar en el tercer día.
Pero, al mismo tiempo, Jesús habla también del «Hijo del Hombre, sentado a la derecha del Todopoderoso, que vendrá entre las nubes del cielo». ¿Es Jesús quien se expresó así durante su vida o es la comunidad cristiana la que, a la luz de la resurrección, lo imagina como el Hijo del hombre que aparece en la impresionante visión del libro de Daniel? Según muchos investigadores, fueron los primeros cristianos quienes, partiendo seguramente de la costumbre de Jesús de designarse como «hijo de hombre», vieron en él al «Hijo del hombre» que está ahora exaltado y glorificado a la derecha de Dios, y vendrá como Juez definitivo del mundo. En cualquier caso, a Jesús se le contempla como un ser verdaderamente humano, que ha luchado hasta la muerte por una vida digna para todos y que, constituido ahora por Dios Juez definitivo, vendrá un día a poner justicia en el mundo. El suyo no será un juicio arbitrario; Jesús sabe en qué consiste ser humano. Por eso juzgará a la humanidad desde dentro. Todo quedará confrontado con él. Entonces aparecerá lo auténticamente humano. Por fin se podrá ver dónde está la verdad y dónde la mentira, quiénes han actuado con justicia y quiénes han sido injustos e inhumanos.
A principios del año 58, Pablo de Tarso escribe desde Grecia una carta a la comunidad cristiana de Roma. También él ve a Jesús como el Hombre en el que se ha manifestado lo verdaderamente humano. Por eso lo considera el «nuevo Adán», un Hombre nuevo que ha dado comienzo a una humanidad nueva. Desde su visión religiosa, el primer Adán, con su «desobediencia» a Dios, dio comienzo a una historia de pecado que lleva inevitablemente a la destrucción y a la muerte. Pero Jesús, el «nuevo Adán», con su actitud fiel y leal de «obediencia» a Dios, ha dado origen a una nueva época de justicia que conduce a la salvación. Con el primer Adán, la injusticia, el sufrimiento y la muerte han ido penetrando en la historia humana. Con Jesús, la gracia y la salvación están al alcance de todos. Pablo no oculta su alegría y entusiasmo. Es cierto que, desde Adán, abunda el pecado y el mal, pero, desde Jesús, «donde abundó el pecado, ha sobreabundado la gracia».
Sumo sacerdote
A pesar de su riqueza, el título de «Hijo de hombre» cayó pronto en el olvido. Apenas les decía nada a los nuevos cristianos del Imperio. Algo parecido sucedió con otro nombre introducido por un escrito que llama a Jesús «Sumo Sacerdote». No logró abrirse camino. Sin embargo, este título sorprendente y hasta escandaloso ilumina de manera profunda la actuación mediadora de Jesús entre Dios y los hombres. El descrédito de los sumos sacerdotes era muy grande en tiempos de Jesús. El sumo sacerdote seguía siendo el gran «mediador» entre Dios y su pueblo, pero, según el sentir de muchos, más que defender a los po- bres de Dios servía a sus propios intereses y a los del Imperio. ¿Cómo se le podía atribuir a Jesús este título? ¿Qué tenía que ver él con Anas o Caifás?
La intuición del autor cristiano era audaz y fascinante. Presentar a Jesús como «Sumo Sacerdote» era la mejor manera de desmitificar la religión del templo, y una forma impresionante de presentar al mundo judío la identidad de Jesús. ¿Qué imagen podía tener más impacto entre los judíos que seguían peregri- nando a Jerusalén a ofrecer sacrificios al Dios de la Alianza? El sacerdote seguía siendo el hombre de lo sagrado, separado de los impuros para poder ofrecer sacrificios agradables a Dios por los pecados; Jesús, por el contrario, ha acogido a pecadores y prostitutas, ha tocado a leprosos y enfermos excluidos del templo; no se separa de nadie para poder estar cerca de Dios; se mueve entre la gente y está cerca de todos para hacer presente a su Padre querido en medio de los más olvidados y humillados, Además, el sumo sacerdote ofrecía sacrificios incapaces de perdonar los pecados: «Es imposible que la sangre de toros y machos cabríos quite los pecados»; pero Jesús no ofrece ningún sacrificio ritual; no es eso lo que agrada a Dios; él ha venido a «hacer la voluntad del Padre»: su sacrificio es «la ofrenda de su vida».
Es admirable cómo se le va describiendo a Jesús como verdadero «mediador» entre Dios y los hombres. Por una parte es «resplandor de la gloria de Dios» e «imagen perfecta de su ser»; es su «Hijo primogénito»; está entronizado a su derecha, no como los ángeles, que están a sus pies o a su alrededor. Por otra parte, este mismo Jesús que comparte la vida de Dios es plenamente humano; su solidaridad con los hombres es total; «no se avergüenza de llamarlos hermanos»; no es como aquellos sumos sacerdotes que la gente contemplaba desde lejos cuando entraban con aire solemne en el recinto más sagrado e in- accesible del templo; Jesús «se ha hecho semejante en todo a sus hermanos, para ser, ante Dios, un sumo sacerdote misericordioso y digno de crédito», no como la familia de Anas, que durante años explotó sin misericordia a las gentes perdiendo credibilidad ante los pobres. Más aún. Jesús se identifica con todos los que sufren, y «habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados». El autor no encuentra palabras para exponer esta increíble solidaridad: Jesús «no es un sumo sacerdote que no pue- da compadecerse de nuestras flaquezas, pues las ha experimentado todas, excepto el pecado». Es como nosotros. También él, «aun siendo Hijo, tiene que aprender a obedecer a través del sufrimiento». También él tiene que vivir de la fe; por eso hemos de caminar «con los ojos fijos en Jesús, el que inicia y consuma la fe».
Señor
Jesús fue llamado «Señor» desde el principio. No es solo un tratamiento de honor. Este título encierra un contenido más profundo. Según los primeros predicadores, es Dios mismo quien «ha constituido Señor y Mesías a este Jesús». Los cristianos no tienen ninguna duda. A partir de la resurrección, «Jesús es el Se- ñor». Para Pablo, esta confesión es toda una síntesis de la fe cristiana: «Si proclamas con tu boca que Jesús es el Señor y crees con tu corazón que Dios lo ha resucitado de entre los muertos, te salvarás». Esta confesión es tan importante que «nadie puede decir "Jesús es el Señor" si no está movido por el Espíritu Santo». ¿Dónde está su importancia decisiva? ¿Por qué el título de «Señor» se convierte en una afirmación tan central para los seguidores de Jesús? Los cristianos saben que en Siria, Grecia, Asia Menor o Egipto, los dioses reciben el nombre de Kyrios («Señor»). No ignoran tampoco cómo se va gestando en el Imperio el culto al emperador. Quizá cuando, a finales del año 54, Claudio acepta ser llamado Kyrios, el título no tiene todavía una connotación divina clara, pero pronto Calígula, Nerón y, sobre todo, Domiciano (81-96) exigen ser adorados como «Señores divinos». Domiciano en concreto es invocado como «Señor y Dios» (Kyrios kai Theós). Los seguidores de Jesús reaccionan. Es verdad que hay muchos que reciben el nombre de «dioses» y «señores», pero, «para nosotros no hay más que un Dios, el Padre de quien proceden todas las cosas... y un Señor, Jesucristo».
El evangelio de Juan, por su parte, en una escena conmovedora, desafía de manera gráfica y audaz las pretensiones de Domiciano: Tomás, rendido ante Jesús resucitado, pronuncia precisamente la confesión que exigía para sí el emperador: «¡Señor mío y Dios mío!». Solo Jesús es Señor. No porque él mismo se lo haya atribuido orgullosamente, como Calígula o Domiciano, sino porque, «siendo de condición divina», «se despojó de su grandeza», «tomó condición de esclavo» y se hizo obediente a Dios hasta terminar crucificado, por lo cual «Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está por encima de todo nombre..., para que toda lengua proclame que Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre». Así canta un himno cristiano primitivo.
Este señorío de Jesús no es una apoteosis del poder. Jesús no es Señor para dominar, oprimir, gobernar o controlar. Toda su vida ha estado sirviendo y dando vida a los más pobres y necesitados. Su señorío no es despótico, autoritario e impositivo. Es fuerza para hacer vivir y energía para dar vida. Los emperadores de Roma gobiernan como «señores absolutos» y los grandes oprimen a las gentes con su poder. Pero no es así en Jesús ni lo ha de ser en sus seguidores. Este Jesús, exaltado por Dios, es el único Señor de la comunidad. El ha de configurar la vida de sus seguidores.
«Si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor. Así pues, tanto si vivimos como si morimos, somos del Señor. Para eso murió y resucitó Cristo: para ser Señor de vivos y muertos». Así vivían las primeras generaciones de cristianos: escuchando la «Palabra del Señor», celebrando la «Cena del Señor», esperando el «Día del Señor». Así le invocan en aquellas comunidades: Marana tha, «Ven, Señor Jesús».
Palabra de Dios encarnada
Así se le llama a Jesús en una especie de «prólogo» con el que arranca el evangelio de Juan. Después la expresión desaparece incluso en este mismo evangelio. Nadie vuelve a hablar así en las primeras generaciones cristianas. Sin embargo, esta expresión servirá más tarde para ahondar, desde la fe cristiana, en el núcleo mismo del misterio encerrado en Jesús.
En la terminología de este prólogo está resonando la categoría griega de Logos, la fe judía en la «Palabra» de Dios y la meditación sapiencial sobre la «Sabiduría». Como es sabido, en la cultura griega se siente la realidad como transida de racionalidad y sentido; la realidad no es algo caótico e incoherente; en ella hay «Logos»; las cosas tienen su «lógica» interna. Por otra parte, según la fe judía, Dios no tiene imagen visible, no se le puede pintar ni esculpir, pero tiene voz; con la fuerza de su «Palabra» crea el universo y salva a su pueblo. Por eso, según la tradición sapiencial de Israel, el mundo y la historia humana no constituyen una realidad absurda, pues todo está sostenido y dirigido por la «Sabiduría» de Dios.
Este precioso himno joánico subraya sobre todo la fe judía. La Palabra está ya «en el principio» de todo. No hemos de entender esta Palabra como algo creado. Esta Palabra es Dios mismo hablando, comunicándose, revelándose en la creación y en la historia apasionante de la humanidad. Todo es creado y dirigido por esa Palabra. Por todas partes podemos intuir sus huellas. En esa Palabra está la «vida» y la «luz verdadera» que ilumina a toda persona que viene a este mundo. En el mundo hay también tinieblas, pero «la luz brilla en las tinieblas».
Todo esto es creído por los judíos y puede ser aceptado por muchas gentes de cultura helénica. Lo insólito es la audaz proclamación que viene a continuación: «La Palabra de Dios se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros». Ahora podemos captar la Palabra de Dios hecha carne en este Profeta de Galilea llamado Jesús. No es fácil. De hecho ha venido al mundo y el mundo no la ha reconocido; ni siquiera los suyos la han recibido. Pero en Jesucristo se nos está ofreciendo la «gracia» y la «verdad». Nadie nos puede hablar como él. Dios ha tomado carne en él. En sus palabras, sus gestos y su vida entera nos estamos encontrando con Dios. Dios es así, como dice Jesús; mira a las personas como las mira él; acoge, cura, defiende, ama, perdona como lo hace él. Dios se parece a Jesús. Más aún. Jesús es Dios habiéndonos desde la vida frágil y vulnerable de este ser humano.
Hijo de Dios
Hubo otro título que llevaría a los cristianos a profundizar de manera decisiva en la relación de Jesús con Dios. No es una expresión aislada utilizada en algún escrito. Prácticamente en todas las comunidades y desde muy pronto Jesús comenzó a ser llamado «Hijo de Dios». Era un título arraigado seguramente en el recuerdo que se tenía de Jesús, un hombre al que habían visto vivir en una actitud de obediencia, fidelidad y confianza íntima en un Dios al que llamaba Abbá. Y, al mismo tiempo, un título abierto al misterio inefable de Dios, que les permitía relacionar a Jesús con ese Padre que lo ha resucitado infundiéndole su propia vida.
El peligro de idolatría era grande. El mundo de los dioses y las diosas orientales seducía a muchos. Era atractivo sentir la cercanía protectora de Artemisa, Cibeles, Diónisos o cualquier otro dios ofreciendo «salvación» a sus adoradores. Por otra parte, iba adquiriendo cada vez más popularidad el culto divino al emperador: el año 40, Calígula había pretendido introducir en el templo de Jerusalén la estatua del dios Zeus esculpida con sus propios rasgos. Mientras tanto, los cristianos, impactados por la acción de Dios que ha resucitado a Jesús, quieren afirmar su máxima vinculación con él, pero ¿cómo designarlo sin caer en la idolatría?, ¿cómo expresar su unión con Dios sin hacer de Jesús un «dios» más entre tantos dioses y diosas?
El título «hijo de Dios» era muy sugestivo para los judíos. Así se le llama en la tradición bíblica a Israel, aquel pueblo tan querido y cuidado por Dios; también el rey, representante del pueblo, es considerado «hijo de Dios»; incluso algunos hombres justos que sobresalen por su fidelidad a Dios son llamados hijos suyos. ¿Cómo no llamarle así a Jesús? Por otra parte, los discípulos recuerdan muy bien el comportamiento singular de Jesús ante Dios: le vivía como a un Padre querido; lo llamaba Abbá; su confianza en él era total; su obediencia y fidelidad, absolutas. Jesús no es un «hijo» más de Dios. Es «el Hijo». Lo más querido de Dios. Ha sido el Padre quien lo «ha enviado» al mundo desde su propio seno. Jesús «viene» de Dios. Su raíz última está en él. La vinculación de Jesús con Dios no es como la nuestra. Dios es el Padre de Jesús de un modo distinto de como es nuestro Padre. Los primeros cristianos marcan siempre la diferencia. Nunca ponen en labios de Jesús la expresión «Padre nuestro»: Jesús dice «mi Pa- dre» y «vuestro Padre».
Probablemente no era tan insólito en el siglo I designar a un hombre como «hijo de Dios». Lo absurdo y horrendo es proclamar «Hijo de Dios» precisamente a un desconocido ejecutado por las autoridades romanas en una cruz. Los cristianos lo saben. Sin embargo, Marcos se atreve a poner en boca de un cen- turión romano una confesión que solo podía dirigir a su emperador, pero que, en el momento de morir Jesús, él dirige al crucificado:
«Verdaderamente, este era Hijo de Dios». Pa- ra los cristianos, Jesús no es un «dios griego». Proclamarlo «Hijo de Dios» no es una apoteo- sis como la que se cultiva en torno a la figura del emperador. Es intuir y confesar el misterio de Dios encarnado en este hombre entregado a la muerte solo por amor. Jesús es verdadero hombre; en él ha aparecido lo que es real- mente ser humano: solidario, compasivo, li- berador, servidor de los últimos, buscador del reino de Dios y su justicia... Es verdadero Dios; en él se hace presente el verdadero Dios, el Dios de las víctimas y los crucificados, el Dios Amor, el Dios que solo busca la vida y la dicha plena para todos sus hijos e hijas, empezando siempre por los crucificados.
***
El esfuerzo por aproximarnos históricamente a Jesús nos invita a creyentes y no creyentes, a poco creyentes o malos creyentes, a acercarnos con fe más viva y concreta al Misterio de Dios encarnado en la fragilidad de Jesús. Al ver sus gestos y escuchar sus palabras podemos intuirlo mejor. Ahora «sabemos» que los pequeños e indefensos ocupan un lugar privilegiado en su corazón de Padre. A Dios le gusta abrazar a los niños de la calle y envolver con su bendición a los enfermos y desgraciados. A los que lloran los quiere ver riendo, a los que tienen hambre les quiere ver comer. Dios toca a leprosos e indeseables que nosotros tememos tocar. No discrimina ni excluye a nadie de su amor. Acoge como amigo a pecadores, desviados y gentes de vida ambigua. A nadie olvida, a nadie da por perdido. Él tiene sus caminos para buscar y encontrar a quienes las religiones olvidan. Siente compasión al contemplar a los que viven como ovejas sin pastor y llora ante un mundo que no conoce los caminos de la paz. Dios quiere que en la tierra reine su justicia, que los pueblos pongan su mirada en los que sufren, que las religiones siembren compasión. Él ama a sus criaturas hasta el extremo. Identificado en la cruz con todos los derrotados y crucificados de la historia, Dios nos arrastra hacia sí mismo, a una vida liberada del mal en la que ya no habrá muerte, ni penas, ni llanto, ni dolor. Todo esto habrá pasado para siempre. Por toda la eternidad, Dios hará lo mismo que hacía su Hijo por los caminos de Galilea: enjugar las lágrimas de nuestros ojos y llenar nuestro corazón de dicha plena.

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