VULNERABLES. EL CUIDADO COMO HORIZONTE POLÍTICO






Cuadernos

VULNERABLES

El cuidado como horizonte político

219 José Laguna 

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Todos nacemos desnudos y pobres; todos estamos sujetos
a enfermedades y sufrimientos de todo tipo y, por último, todos estamos condenados a morir. Por tanto, la visión
de todos estos sufrimientos comunes puede llevar a la humanidad a nuestros corazones, si vivimos en una sociedad que nos alienta a imaginar la vida del otro
1.

Martha Nussbaum


José Laguna.

Teólogo y músico. Miembro del área teológica de Cristianisme i Justícia. Ha publicado en esta colección: ¿Y si Dios no fuera perfecto? Hacia una espiritualidad simpática (Cuaderno 102); ¿De la liberación a la inclusión? (Cuaderno 127); Hacerse cargo, cargar y encargarse de la realidad (Cuaderno 172); ¡Ay de vosotros...! Distopías evangélicas (Cuaderno 181), Pisar la luna. Escatología y política (Cuaderno 195) y Acogerse a sagrado (Cuaderno 210).

Edita: Cristianisme i Justícia Roger de Llúria, 13 - 08010 Barcelona
Tel.: 93 317 23 38 - E-mail: info@fespinal.com - www.cristianismoyjusticia.net Imprime: Ediciones Rondas S.L. - Depósito Legal: B 13176-2020
ISBN: 978-84-9730-465-8 - ISSN: 0214-6509 - ISSN (virtual): 2014-6574

Impreso en papel y cartulina ecológicos - Dibujo de la portada: Ignasi Flores Edición: Santi Torres Rocaginé - Corrección del texto: Cristina Illamola Maquetación: Pilar Rubio Tugas - Septiembre 2020

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INTRODUCCIÓN

Este cuaderno se escribió hace un año. Antes de que la COVID-19 nos enfrentara bruscamente con la evidencia de nuestra condición vulnerable. Antes de que, como sociedad, tomáramos conciencia de la centralidad de las tareas de cuidados.

Cada vez somos más las personas que abogamos por un cambio de paradigma civilizatorio en el que la vulnerabilidad y los cuidados sean pilares fundamentales. Hace un año, pensar en una sociedad cuidadora era una utopía; hoy, en tiempos de coronavirus, se ha con- vertido en una urgencia y en una necesidad.

Occidente se ha construido sobre la ficción de la autosuficiencia. El ideal de hombre2 occidental es el de un individuo soberano absoluto sobre su vida y sus bienes. Un ser autosuficiente que acuerda con otros sujetos tan independientes como él un pacto preventivo de no agresión, fundando así el mito del contrato social que justifica las instituciones educativas, jurídicas y políticas de nuestras democracias liberales.

En el paradigma de la autosuficiencia, crecer o madurar serán sinónimos de ir ampliando ámbitos y momentos de independencia. Infancia, vejez o enfermedad serán considerados momentos deficitarios a superar y combatir por cuanto suponen situaciones vitales de especial vulnerabilidad y dependencia de otros; mientras que, paradójicamente, los escasos instantes biográficos en los que fantaseamos con no necesitar de nada ni de nadie se propondrán como modelo ideal de una vida autorrealizada.

La versión moral de la autosuficiencia, la autonomía, participa del mismo sesgo individualista. En su formulación kantiana, la autonomía determina que cada individuo posee en sí mismo las fuentes de la moralidad; esto es, que más allá y por encima de nuestras relaciones sociales, la conciencia personal dicta a cada individuo particular los imperativos morales que deben regir su comportamiento.

Occidente se ha construido sobre la ficción de la autosuficiencia.

A nada que el relato de la autosuficiencia se confronte con la realidad aparecen las grietas de su inconsistencia. Para empezar, los seres humanos nunca hemos sido autosuficientes, existimos y nos desarrollamos gracias a la ayuda de nuestros semejantes, somos una especie animal especialmente frágil, condenada a la inexistencia sin la intermediación de los cuidados ajenos. Y por lo que hace a nuestra pretendida capacidad de conducirnos autónomamente por fines racionales y/o morales, abundan los ejemplos de personas que carecen de la libertad de juicio o de acción que según la norma occidental nos define como seres humanos. ¿Cómo un fundamento tan frágil y discutible ha llegado a convertirse en el relato hegemónico de eso que hemos dado en llamar cultura occidental?, o preguntado desde una óptica inversa: ¿por qué la evidencia y universalidad de nuestra común vulnerabilidad, interdependencia y necesidad de cuidados no forma parte de los relatos fundacionales de nuestras instituciones sociales? El cuidado nunca ha formado parte del discurso político occidental, ninguno de los 30 artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, por utilizar un ejemplo paradigmático, alude a la vulnerabilidad, la fragilidad, la dependencia o el cuidado; solo el artículo 25 hace referencia tangencial a la necesidad de cuidado en las etapas de la maternidad y de la infancia.

El agotamiento del paradigma de la autosuficiencia

Si hasta hace unas décadas el relato de la autosuficiencia ha servido para responder satisfactoriamente a las demandas de reconocimiento y protección de individuos autónomos vinculados con sus semejantes mediante pactos de no agresión libremente aceptados, no ocurre lo mismo en el tránsito epocal que marca el cambio del milenio actual. La emergencia de «nuevos sujetos» vulnerables no encuentra discurso jurídico ni político en el que articular sus exigencias. Sujetos colectivos, amorales y afásicos como las mayorías empobrecidas excluidas de la comunidad de diálogo donde se pactan los criterios compartidos de justicia y bien común, los animales no racionales incapaces de argumentar ningún fin moral más allá de sus repuestas instintivas, o el «sujeto planetario» que sufre la explotación de sus recursos y la extinción de su biodiversidad sin voz propia con la que poder reclamar imperativamente un auxilio vinculante; por no hablar de las identidades ocultadas por el discurso heteropatriarcal imperante que niega reconocimiento y derechos a quienes no se ajustan al patrón de género normativo hegemónico. Sujetos que se mueven en la semántica de una vulnerabilidad que reclama cuidados pero que, al no formar parte consciente y libre de ninguna comunidad moral y política, no pueden –según el discurso canónico de la dignidad– exigir ningún derecho.

La «dignidad androcéntrica» basada en el poder de la especie humana que ha servido de fundamento para los Derechos de «hombres y ciudadanos libres» muestra sus límites ante las demandas silenciosas de sujetos vulnerables que aspiran al reconocimiento de una «dignidad cosmocéntrica» basada en el principio ético de la responsabilidad y el imperativo político del cuidado.

Los gritos de un Planeta al borde del colapso, unidos al de millones de migrantes que deambulan por el mundo en busca de países de acogida nos han despertado del sueño narcisista de un individualismo insensato. La Madre Tierra nos confronta con una responsabilidad vinculante radical: sin su su- pervivencia nosotros no existimos. Por otra parte, los migrantes, refugiados y desplazados internos visibilizan la fragilidad de un «contrato social inmunológico»3 incapaz de generar derechos de ciudadanía universalizables y efectivos. Ambas realidades, entre muchas otras, diagnostican el estado terminal del paradigma de la autonomía que tienen en la DUDH de 1948 su epítome más reconocible.

¿Derechos políticos vs cuidados privados?

Vulnerabilidad, interdependencia, responsabilidad y cuidado nutren el campo semántico de un nuevo paradigma emergente. Una nueva cosmovisión que busca situar en la agenda política pública dimensiones que el paradigma anterior relegaba al ámbito de la privacidad, las motivaciones personales o las acciones virtuosas. En el relato de la autosuficiencia, los cuidados operan en el contexto de los llamados «deberes imperfectos» como la compasión, la limosna, la solidaridad, la beneficencia o la hospitalidad, acciones voluntarias que animan a ayudar a los demás pero que no pueden invocarse como derechos reivindicables por vía jurídica ni política. En un mundo de seres auto- suficientes ninguna institución puede obligarme a cuidar del otro, y ningún «otro» puede exigir mi cuidado.

Si queremos que el cuidado incida en la esfera política como principio estructurador de las instituciones socia- les, hay que sacarlo de la opcionalidad de la benevolencia y hacerlo operar en el ámbito de los derechos exigibles. Una traslación que no vendrá de la mano de la ampliación del listado de Derechos Humanos, sino de un cambio de cosmovisión: necesitamos pasar imperativamente del paradigma de la autonomía-derecho al de la vulnerabilidad-cuidado.

Creemos que, como afirma Boaventura de Sousa, el discurso de los Derechos Humanos ha entrado en una etapa inflacionista en la que, a base de incrementar derechos (de primera, segunda, tercera, cuarta generación...), ha acabado degenerando en democracias de baja intensidad:

El comentario cauteloso expresado con frecuencia contra la sobrecarga de la política de los derechos humanos con derechos nuevos y más avanzados o con concepciones diferentes y más amplias de los derechos humanos, es una manifestación tardía de la reducción de los reclamos emancipadores de la mo- dernidad occidental al nivel más bajo de emancipación hecho posible o tole- rado por el capitalismo mundial. Los derechos humanos de baja intensidad, como la otra cara de la democracia de 4 baja intensidad .

De los derechos de un ser universal a los cuidados de un ser corporal

La ausencia de la semántica de la vulnerabilidad en nuestra cultura jurídica y política no es casual, responde al destilado final de un discurso hegemónico que en su elaboración histórica ha menospreciado sistemáticamente los relatos de la fragilidad humana. Relatos que siempre han estado presentes en la cultura pero que han sido constantemente ignorados en favor de un discurso esencialista que ha acabado desembocando en la afirmación de un sujeto universal etéreo sin responsabilidades vinculantes.

El paradigma de la vulnerabilidad que se está empezando a construir des- de saberes críticos y epistemologías subalternas se presenta como una impugnación al modelo esencialista de la modernidad. Afirmar la universalidad de nuestra vulnerabilidad e interdependencia constitutivas es reconocernos primariamente como seres corporales, porque es en nuestro cuerpo físico donde reside la base de nuestra identi- dad, de nuestra fragilidad y de nuestra necesidad de cuidados. A diferencia de un «sujeto universal abstracto» que ni sufre, ni siente hambre, ni se fatiga, ni muere, toda persona sin excepción experimenta la fragilidad y el límite insoslayable de su cuerpo.

El paradigma de la vulnerabilidad se presenta como una impugnación al modelo esencialista de la modernidad.

La teoría crítica feminista ha sabido ver y denunciar las consecuencias políticas del olvido del cuerpo por parte de la filosofía patriarcal sustancialista que determina el discurso de la irresponsabilidad ecosocial. Como afirma Seyla Benhabib, sin «cuerpo» no existen ni cuidado ni justicia:

La filosofía moral universalista, y en concreto las teorías universalistas de la justicia, han acentuado nuestro va- lor como personas morales a costa del olvido y la represión de nuestra vulnerabilidad y dependencia como seres corporales. Tales redes de dependencia y el tejido de los asuntos humanos en los que nos hallamos inmersas no son sólo vestidos que se nos van quedando pequeños o como zapatos que vamos desechando, sino que son como lazos que nos vinculan, lazos que modelan nuestras necesidades morales, nuestras identidades y nuestras concepciones de lo que es la vida buena. El yo autónomo no es un yo desencarnado, y la filosofía moral universalista debiera reconocer esa honda experiencia de la formación del ser humano a la que se corresponden el cuidado y la justicia5.

La «sustancialización» del sujeto no solo afecta a la definición filosófica del mismo, tiene también consecuencias éticas, jurídicas y políticas de enorme calado, porque un ser incorpóreo se convierte automáticamente en un individuo irresponsable. La filosofía tiene aún pendiente el reto de pensar la universalidad desde la vulnerabilidad, el cuidado y la responsabilidad. «Este punto –dirá Reyes Mate– es importan- te porque la universalidad es como una piedra de toque de cualquier racionalidad que se precie. La filosofía no ha conseguido pensarla sea porque tira por elevación y lo que construye es una universalidad abstracta (como hacen los conceptos), sea porque la concibe como la expansión de una particularidad (como hacen los imperios), sea como suma en la que solo cuentan los elementos presentes (lo que excluye a los ausentes)»6. La política del cuidado asume el reto de pensar la universalidad desde las singularidades vulnerables y vulneradas.

Nuestra contribución a la elaboración del nuevo paradigma de la vulnerabilidad se sitúa dentro de los análisis críticos de los relatos que han configurado la cosmovisión occidental de la autosuficiencia y el olvido del cuerpo. Partiendo de un momento deconstructivo previo nos esforzamos en crear retóricas «somatopolíticas» que, desde la semántica universal de la vulnerabilidad, pongan en el centro de la praxis social, la exigencia ética de la responsabilidad y la reivindicación política del cuidado.

Para ir tejiendo el relato político del cuidado propongo detenernos en dos relatos clave en la configuración de los mitos fundacionales de Occidente: «Adán y Eva» y el «Hombre de Vitruvio». Mitos que nos permitirán entender el proceso de descorporeización- irresponsabilidad que cristaliza en el modelo de hombre occidental. El análisis deconstructivo de dichos relatos nos situará en el umbral de un nuevo paradigma en el que el icono de «Benjamina», nombre dado al «cráneo 14» encontrado en la Sima de los Huesos del yacimiento de Atapuerca (Burgos), nos aportará claves para la elaboración de un nuevo mito sobre el origen social en el que vulnerabilidad y cuidado nos definen y determinan como especie hu- mana.


1 ADÁN Y EVA (CUERPOS OCULTADOS)


2 EL HOMBRE DE VITRUVIO (CUERPO PRESCINDIBLE)


3 BENJAMINA (CUERPO VULNERABLE)


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